Las Provincias

MANUAL DE VIAJEROS

Si no me desmiente Rafael Solaz, Don Vicente Boix inauguró entre nosotros en 1849 con su Manual de Viajeros, el género de la descripción de la ciudad que hoy llamaríamos guía turística, y que resulta tan útil para explicar cómo vivían los valencianos de la ciudad hace más de ciento cincuenta años. Esta es una columna de fútbol, aunque parezca de horarios comerciales. Una de las curiosidades afecta a los establecimientos que durante el siglo XIX atendían a toda hora las necesidades de los enfermos. En la plaza de las 'Yerbas', junto a la calle del Trench, de día y de noche, se podía encontrar lo que se conocía como «Recado para puchero de enfermo», o lo que es lo mismo, cuartos de gallina, carne y garbanzos. En la calle de Sorolla, y a cualquier hora, uno podía encontrar «redaños» de reses y carneros. Las «yerbas» medicinales se podían adquirir de día en el Mercado nuevo, y por la noche en la casa-cofradía de los sastres, en la casitas de les «herbolaries», en lo que hoy es la calle de Pascual y Genís. Cuando me preguntan de qué sirve la literatura, y el incremento de las historias sobre el Valencia, no se me ocurre mejor ejemplo que ese. Cuando el partido no ha ido bien, el dirigente desbarra, la grada no está a la altura, o los jugadores no representan el nombre y el escudo, hay que llamar a la puerta y pedir un recado para puchero de enfermo. La estantería de la historia del club es como ese establecimiento abierto a todas horas para restablecer la sanidad del organismo enfermo. Me cuesta pensar que los dirigentes no se den cuenta de las bondades de ese tipo de reconstituyente. Es un acceso barato. No cuesta apenas dinero. Está abierto a todas horas. No hay que hacer desembolsos en traspasos. La historia es la oportunidad para construir un relato que nos hace olvidar algún sinsabor. Los adjetivos, la calidad literaria, o el sentimiento no rematan a gol, pero fueron bálsamo en las noches de París o de Milán. Evidentemente entre un poema que recrea un atardecer en Mestalla y un buen lanzador de faltas, la inmensa mayoría de nosotros, aún los más tontos eruditos, quisiéramos lo segundo. Pero a veces la literatura transforma la realidad, porque solo las cosas que se nombran existen. Una rosa es una rosa, y una pipa es una pipa, y un amor es un amor, solo cuando se cuenta. De lo contrario seremos una entidad tímida y cobarde en la demostración del afecto. Por eso para que el Valencia sea, necesitamos también contarnos. Que el Valencia tenga literatura no es incompatible con un buen lanzador de faltas. Mirando la clasificación, el Centenario del Valencia es ese lugar al que acudir para encargar el recado para el puchero del enfermo.