Las Provincias

El gafe Iceta

Me temí lo peor. Cuando vi a Miquel Iceta animando a Hillary Clinton como si no hubiera un mañana, supe que el Apocalipsis estaba a punto de llegar. Después del éxito de su soflama para envalentonar a Pedro Sánchez, «¡Pedro, aguanta por Dios, líbranos de Rajoy y del PP!», el alma se me encogió al verle repetir la escena con la candidata demócrata. A este paso, gana Trump, pensé.

Fue durante el XIII congreso del PSC donde su liderazgo se ha reafirmado al frente de los socialistas catalanes. Un contexto muy lógico para preocuparse por la campaña norteamericana, como si Cataluña, el socialismo y la propia supervivencia del PSC al día siguiente de la declaración unilateral de independencia no fueran problemas perentorios para un líder local por mucha vocación globalizadora que tenga la criatura. El caso es que Iceta, un friki encerrado en un cuerpo de político, quiso protagonizar su minuto de gloria en la CBS y subtituló su propia escena cumbre antes del batacazo de Sánchez. Si en el pulso del exsecretario general del PSOE, su valedor en Cataluña le animó a resistir desde un bote salvavidas del Titanic viéndole con un pie en la cubierta del barco y otro en el iceberg, aquí le pidió a Hillary que adelantara a Trump sobre la misma línea de meta. Y mientras le saca un cabeza y dos mechones rubios de ventaja.

En su discurso de clausura del congreso, se lanzó en inglés a darle la réplica a Susan Sarandon. La actriz había comentado en una entrevista que no se sentía obligada a votar a Clinton por ser mujer porque no vota con su vagina. Fin de la cita. Su voto, afirmó, es para Jill Stein, del Partido Verde, y lo explicó así: «Quiero a la mujer correcta», para criticar que Estados Unidos se ve en la fea tesitura de Clinton/Trump por haber pasado mucho tiempo votando al menos malo. Fue un zasca a quienes solo ven bipartidismo y candidato bueno frente a candidato malo, una complejidad de pensamiento poco frecuente por estos lares.

Así que, sin tener en cuenta esos matices o quizás por la dificultad de aludir a conceptos anatómicos difíciles de vincular al voto femenino, Iceta exclamó: «¡Vamos, Hillary, por el amor de Dios, no dejes que Trump gane!». La última vez que pidió algo así el conjuro tuvo el efecto contrario. Hoy gobierna Rajoy y Sánchez está defenestrado de su propio partido. De cumplirse el maleficio no solo tendríamos que colocar a Iceta entre los gafes patrios sino también acostumbrarnos a un tipo de cabellera pajiza sentado en el Despacho Oval. En ambos casos, llama la atención su toque Escarlata O'Hara a las puertas de Tara mientras arde la ciudad: a Dios pongo por testigo. Así, Iceta se empeña en mencionar al Sumo Hacedor: ¡por el amor de Dios! Le sale de dentro, como a una folklórica cantando una saeta ante la Virgen de la Macarena. Por Dios, Iceta -pensará Clinton si se lo cuentan- no me quieras tanto. No me apoyes más, que me hundirás para siempre.