Las Provincias

Los fieles de Rajoy que gustan a Rivera

Si no hubiera sido su amigo de hace muchos años, Mariano Rajoy habría cesado mucho antes a su ministro de Asunto Exteriores de la primera legislatura. Le molestaba enterarse por los periódicos de que había decidido reclamar Gibraltar o crear un grupo de trabajo para encontrar soluciones al independentismo catalán. Y, sobre todo, no soportaba sus continuas críticas a Soraya Sáenz de Santamaría, muchas de ellas a través de los medios de comunicación, por mucho que llevara razón al quejarse de que la vicepresidenta ejercía el poder de que disponía sobre esos medios como portavoz del Gobierno en beneficio propio.

José Manuel García-Margallo ha dejado el Gobierno porque Rajoy dejó de considerarle uno de sus fieles y a Soraya Sáenz de Santamaría le ha quitado el importante cargo de la portavocía por la misma razón, aunque la mantenga de vicepresidenta para que siga haciendo el resto de su trabajo habitual: coordinar las labores preparatorias de los Consejos de Ministros para que cuando el Ejecutivo se reúna los viernes la sesión transcurra sin incidencias.

Por mucho que los suyos se empeñen en extender la noticia de que la vice ha aumentado su poder al llevarse las competencias de Administraciones Públicas, el hecho es que Rajoy le ha quitado su mejor tesoro: el control de los medios de comunicación, la capacidad de negociar a qué periódico deben ayudar los bancos, qué cadena de televisión se merece otro canal. Lo de Administraciones Públicas se limita a estudiar la batalla legal contra el separatismo catalán; lo que importa, que es la financiación, seguirá teniendo de negociador a Cristóbal Montoro.

El resto de los ministros del segundo Gobierno de Mariano Rajoy ha sido elegido atendiendo a tres criterios: su lealtad al presidente, el mantenimiento de poderes entre los dos sectores más fuertes del PP y el gusto expresado por Albert Rivera, cuyos 32 diputados serán decisivos para que el Ejecutivo vea aprobado cualquiera de sus proyectos. Lo que une a Luis de Guindos con Cristóbal Montoro o a Soraya Saénz de Santamaría con María Dolores de Cospedal no es otra cosa que la fidelidad al hombre que les ha nombrado, que tiene demostrada su querencia por repartir el poder de modo que ninguno de ellos se sienta demasiado importante.

Queda por saber el papel, quizás decisivo, que Albert Rivera ha tenido en los nuevos nombramientos, porque Rajoy no suelta prenda de sus conversaciones privadas y el líder de Ciudadanos está aprendiendo a hacer lo mismo. Pero el caso es que algún dirigente de su partido comentó en público que sería conveniente que Rajoy incluyera en su Gobierno a los populares que negociaron con ellos el acuerdo de investidura y poco después Báñez, Nadal y Dolors Montserrat se sentaban en el Consejo de Ministros. Exigencias del inédito panorama político de un Gobierno en minoría.