Las Provincias

Vivienda

Durante un tiempo la palabra «desahucio» ha sido, además de un ultraje, una bandera. Bajo ella hemos visto agruparse a víctimas y a indignados, pero también les ha servido de ropaje a predicadores de diverso signo que supieron aprovechar el tirón político de un problema tan real como lacerante, el de la vivienda. La construcción de viviendas en España hizo fortunas y provocó calamidades, levantó imperios y arruinó familias, dio y quitó con la misma alegría hasta provocar un estado de desigualdad creciente, que no siempre se reflejaba en el retrato oficial del país. A la vieja brecha que separa a los que tienen techo y a los carentes de él se le añadieron otras grietas abiertas entre los que especularon y los honrados, los que dieron pelotazos y los encadenados al banco de por vida, los propietarios de varias casas y los amenazados con perder la suya si se quedaban sin empleo, los favorecidos por compraventas privilegiadas y los que pasaban años esperando que les cayera en suerte un chamizo de protección oficial. Estar a un lado o a otro no siempre era cuestión de escala social o de ideologías. También contaban los escrúpulos, o la falta de ellos.

Al amparo de una de esas reservas de tolerancia moral que acostumbran a crearse en este país, la construcción engendró desaprensivos de derechas y de izquierdas que en materia de ladrillo se toleraban mutuamente conductas que en otros ámbitos los habrían enfrentado a muerte. Como poner el cazo ha sido un gesto transversal ajeno a colores políticos, no extraña que de vez en cuando salga a la luz un corrupto a pequeña o gran escala alineado en el frente denunciante de la especulación. Se conoce que la visión de unos planos ablanda el rigor del más moralista. Por lo visto hay quienes al entrar en la notaría dejan su gabán de igualitarios colgado en el perchero. Hay una moral 'black' que autoriza a comprar y vender fuera de la ley, a pagar bajo manga, a ocultar los ingresos por alquileres, a poner las escrituras a nombre de terceros, a desahuciar inquilinos sin ningún miramiento o a hacer trampas en las adjudicaciones sin que nada de eso impida presentarse en sociedad como paladín de la equidad inmobiliaria.

Siendo como es incalificable el proceder de Ramón Espinar en la operación que le reportó varios miles de euros, lo más grave no está en el beneficio, sino en la desfachatez. Si eliges ser látigo de las injusticias no puedes permitirte clamar contra el abuso cuando estás participando en él. Mientras la vivienda no deje de ser un factor de discriminación tan brutal, cualquier jugada de ventaja en relación con ella inhabilita a quien la hace, sea un promotor de urbanizaciones a gran escala o sea un simple comprador que aprovecha la oportunidad para llevarse un pellizco. Pero mucho más si va por la vida dando lecciones de rectitud moral.