Las Provincias

Ministros

Lamenta el telegrama de nuestro director que en el nuevo Gobierno no haya ministros valencianos y yo, para enrabietarlo más, me pongo a reconstruir la España política de los noventa, con Solbes, Asunción, Lerma, Alborch y Albero en sus ministerios; el tiempo de Abril Martorell en la vicepresidencia, el momento en que se reúnen en el gobierno Villar Palasí, Sánchez Bella y Vicente Mortes... O incluso el gabinete que en la noche del 6 de noviembre de 1936 viajó a Valencia a toda prisa porque Madrid estaba al borde del abismo; un gobierno en apuros donde se puede ver, como poco, al valenciano Julio Just, en Obras Públicas, y al alicantino Carlos Esplá en un cometido nuevo pero trascendental: el Ministerio de Propaganda.

El debate, que se repite cada vez que hay nuevo ministerio, lo sustanciamos los valencianos, por regla general, diciendo con mucha prosapia que ese no es el asunto, que un ministro no puede serlo de su aldea, que lo es para toda España y tienen que velar por los intereses generales de la nación. Pero siendo todo eso verdad, todos sabemos, también, que esa argumentación doctrinal no hace sino esconder la pequeña pero continuada frustración de la levedad de lo valenciano: el origen de los ministros será un detalle irrelevante... pero lo que todos vemos de forma palmaria es que la sociedad valenciana tiene poco peso en el Madrid-de-todas-las-decisiones; y, sobre todo, que el PP valenciano es un erial donde apenas empiezan a brotar las primeras briznas de hierba. Todo está por hacer, después de aquellas glorias.

Con todo, no seamos hipócritas y hablemos de lo práctico. Es mejor que en un Gobierno haya tres hombres o mujeres de la tierra que ninguna. Es elemental. Y se comprueba viendo que el bueno de Julio Just, en medio de la guerra, firmó el inicio de la obras del pantano de Blasco Ibáñez; o que el ministro Esplá montó una exposición sedera en el Colegio del Arte Mayor porque las telas de espolín incautadas había que venderlas en el extranjero para obtener divisas. Por poco que haga, por olvidadizo que sea, no hay ministro o ministra que no haya dejado huella en su tierra; todos, en un momento, tomaron decisiones que, sin cometer manifiesta injusticia, solventaron carencias que solo los valencianos conocían. Y es posible rastrearlo mirando sus biografías; porque no ha nacido ser humano que no quiera ser reconocido en su pueblo.

Cinco meses escasos fue presidente del Gobierno Ricardo Samper, en un año,1934, en que caían chuzos de punta. Pero se las ingenió para situar a un par de valencianos clave en Madrid, vino a inaugurar la Feria Muestrario, hizo lo que pudo por el sanatorio de Portaceli y fue feliz presidiendo (de incógnito, se dijo) la Batalla de Flores. En julio, al viajar para un descanso de fin de semana, fue el primer político que llegó en avioneta de alquiler... Y, oh casualidad, el 1 de septiembre despegó desde Manises el primer vuelo regular Valencia-Madrid.