Las Provincias

Envoltorios delatores

Te quedas al descubierto enseguida por el ruidito, ese 'cric-crac-cress' que sueltan los envoltorios cuando estás abriéndolos. Ya puedes andar con cuidado, ya, que cuanto más te previenes, buscando partir una onza de chocolate en silencio, más te delata esa envoltura de papel que ni es papel del todo ni acaba de ser plástico como conocemos el plástico fetén. Y casi peor si es de film de aluminio -de plata, lo siguen llamando algunos-, que parece estallar en sutiles chasquidos. No digamos si la golosina va enrollada en celofán, un chivato perfecto cuando intentas desnudar el bombón o el caramelo.

«¿Qué haces?», escuchas desde el otro lado de la casa; una voz acusadora que te deja súbitamente paralizado, delante de la nevera. La pregunta ha flotado a lo largo del pasillo y se te ha instalado alrededor con ánimo de permanencia, por más que se le note cierto tono de complicidad. Era de temer, iba a ocurrir, y hasta esperabas aquellas palabras que te señalan, como de la otra punta de la casa se aguardaba el momento para pillarte. No hacen falta alarmas electrónicas ni nada parecido, para eso están los envoltorios acusicas. Has abierto un helado, otras veces la cuña de un queso apetecible, según días y momentos, hasta ese polvorón que anda meses dando vueltas, pobre huérfano que nadie quería, y todo parece preparado para denunciar tu grave acción y señalar tu falta. «No comas a deshoras», te tienen dicho. De ahí ese «¿qué haces?» que te deja quieto, con las manos en la masa, y no atinas a balbucear un dudoso «no, nada».

Los fabricantes de tantas cosas buenas de comer están equivocados. Más que las marcas, con diseños llamativos y colores vistosos, deberían cuidarse de elegir envoltorios con materiales bien silenciosos. Se consumirían sin rubor. Luego venderían más.