Las Provincias

Zumos de entretiempo

La chica le dijo a su padre: «Estoy preocupada, he probado este zumo industrial del supermercado y me ha gustado, tiene un sabor agradable». La preocupación venía, más que nada, porque lo que acababa de comprobar quedaba reñido con sus principios, normalmente fieles a una alimentación más o menos alineada con lo natural y saludable. Su padre así lo entendió, y le dijo: «Enhorabuena, te has zampado un presunto zumo de supuestas naranjas cargado de glucosa de maíz y colorantes». Y la chica asintió, responsablemente cabizbaja. No iba a sentirse culpable de tan poca cosa, pero reconocía el trompicón. Confusión de confusiones. Un producto de diseño estudiado y sabor aparente que ofrece tentación al alcance de bolsillos exhaustos, y la evidencia de que se cae en la llamada a sabiendas de que te dan gato por liebre. Como quien se sorprende porque desde días atrás han venido reinando temperaturas tan primaverales, en pleno otoño. Al igual puede intuirse el triunfo de una meteorología otoñal en primavera. Se ha olvidado bastante que las etapas de transición se llamaban 'primaveras', no sólo la misma primavera, también el otoño; periodos entre lo más fuerte de veranos e inviernos. Entretiempos, se decía. Y se gastaba ropa de entretiempo; ahora me pongo esto, luego me lo quito porque tengo calor, a renglón seguido me resfrío. Es tiempo de resfriados otoñales, o primaverales; fiebres de entretiempo. No sabes en qué fase estás, lo que es o parece ser, como ese zumo que no acaba de ser, disfrazado, un simulacro de glucosa industrial disuelta con color a supuesto zumo de improbable fruta. Zumo fingido de entretiempo. Calor primaveral en pleno otoño. Confusión de frutas que no están. Pero queda tan lejana la primavera; la que se fue y la que tardará. Si miramos el calendario, ¿no veremos estas fechas equidistantes con primeros de mayo? ¿Qué hacía seis meses atrás, acaso reinaba el tiempo otoñal en primavera? Nos olvidamos, como se pierde de vista la esencia de frutas en un zumo.

El padre se dispuso a exprimirle auténticas naranjas a la hija, porque sí y por contribuir a levantarle el mea culpa; también para que notara enseguida la diferencia. «A las hijas les tengo que preparar la fruta para que la coman», cuenta el padre, recordando que a nosotros también nos pelaban manzanas, peras y naranjas para que las comiéramos. A los hijos siempre hay que contribuir así para que coman fruta. Una constante. Les gusta, pero no van a molestarse, el jugo pringa las manos. De ahí que triunfen las cerezas y los fresones, que no se pelan, o los plátanos, que son de fácil pelar, como las clementinas. Pero, ¡ay amigo!, una naranja y una manzana son otra cosa. Por eso dicen las encuestas que a los jóvenes les cuesta, no consumen fruta, que es cosa de mayores, y el padre aclara que siempre habrá sido así, y lo será, y los jóvenes, cuando se hacen mayores, cumplen lo mismo. Quizás. Años ha no había encuestas. También quedaba más claro lo de las primaveras, el entretiempo.