Las Provincias

El PSOE, la cohesión y la gobernabilidad

La fractura del PSOE en dos alas, una radical y otra moderada, ha sido una constante histórica desde los orígenes del partido a finales del siglo XIX. El moderado Prieto y el radical Largo Caballero pugnaron varias veces en asuntos decisivos para el devenir español. Cuando la dictadura de Primo de Rivera, Largo formalizó la colaboración con el Directorio y Prieto, disconforme, llegó a dimitir de su cargo en el Comité Nacional; cuando la huelga general revolucionaria de 1934, pugnaron también ambas facciones. Y en mayo de 1936, cuando el golpe de Estado flotaba ya en el ambiente, Azaña, presidente de la República, ofreció a Prieto el cargo de primer ministro, que rechazó por imposición del sector mayoritario de Largo Caballero. Cuatro meses después, éste logró la jefatura del gobierno con apoyo del Frente Popular contra la opinión de los 'prietistas'. Finalmente, ya en marzo de 1939, Julián Besteiro apoyó al coronel Casado, partidario de la rendición y que se enfrentó por ello al gobierno del socialista Negrín.

En la etapa democrática, el PSOE se ha mantenido cohesionado, si bien con corrientes y diferencias internas bien evidentes. Durante gran parte de la etapa del liderazgo de Felipe González, este tuvo enfrente a Alfonso Guerra, representante del ala más izquierdista del partido, en tanto González, aliado con la 'beautiful people', confraternizaba más fácilmente con las fuerzas sociales y financieras conservadoras.

Ahora, tras el brusco cambio del sistema representativo en este país, con la aparición de una nueva formación populista de izquierdas aliada de la vieja izquierda marxista superviviente, aquella vieja fractura entre moderados y radicales ha vuelto a asomar con fuerza por las ventanas de Ferraz. Una vez que el PSOE se ha visto incapaz de ser él solo protagonista de la alternancia, se han desarrollado las dos sensibilidades que hasta ahora habían permanecido amortiguadas: una parte de los socialistas está por mantener el establishment, por colaborar pacíficamente con la derecha en la gestión del capitalismo -imprimiendo, naturalmente, todos los elementos progresistas posibles-, en tanto la otra parte es más partidaria de la aventura de pactar con la nueva izquierda, para formar una opción alternativa que dispute el poder a los conservadores. Esta segunda opción está llena de riesgos; primero, porque Podemos maneja conceptos antisistema que no son coherentes con la línea medular del PSOE actual; y, segundo, porque la socialdemocracia europea va más bien por el otro camino, por el de la cooperación con la derecha cuando es menester: el paradigma es la gran coalición alemana entre la CDU/CSU y el SPD.

El problema de esta fractura es que afecta seriamente a la gobernabilidad del Estado, ya que en tanto persistan el forcejeo y la indefinición, el PSOE no será un actor sólido, capaz de pactar y de comprometerse en un proyecto de futuro.