Las Provincias

Lo que manda es la vida y sus fundamentos

El pasado miércoles fue el Día de difuntos, fecha dedicada por antonomasia al recuerdo de nuestros antecesores fallecidos. En el caso de los familiares más directos, su desaparición hace oscilar al ser humano entre el dolor de su pérdida y el íntimo pálpito de que no están definitivamente muertos: en muchos trances de nuestra existencia cotidiana sentimos su amorosa presencia, como si ellos siguieran viviendo en nosotros y nosotros de ellos. No es de extrañar este fenómeno, si se tienen en cuenta los años de convivencia compartidos y, sobre todo, el periodo último de su estancia en este mundo, en el que -por vejez o enfermedad- se palpa paulatinamente la amortiguación de sus fuerzas, la creciente degeneración de su organismo y el acabamiento final. Es el proceso de acecho de la -llamada por Borges (1899-1986)- «oscura maravilla», el agotar «la cifra de los latidos que han sido fijados». En él se comprueba la familiaridad que otorga la inminencia de la muerte hasta llegar a la sencilla aceptación de su realidad.

Pero en este desarrollo escatológico no conviene olvidar otras posibles operaciones atribuidas culturalmente al universo de los difuntos. Son aquellas en las que parece que los muertos espían a las nuevas generaciones, «haciéndolas sentir la autoridad del pasado con un rudo tirón en su alma cada vez que intentan apartarse del sendero marcado por la rutina». Desde este enfoque, «los muertos no se van, porque son los amos. Los muertos mandan, y es inútil resistirse a sus órdenes». Tal es el punto de vista planteado por Blasco Ibáñez (1867-1928) en su obra 'Los muertos mandan'. En ella, nuestro insigne paisano desgrana los tabúes ancestrales de una sociedad y su repercusión psicológica en el protagonista, Jaime Febrer, cuyas reflexiones cabalgan entre la melancolía de la gloria mundana y la elocuencia de la intimidad.

Esta novela, ambientada en Mallorca e Ibiza, narra las peripecias del último vástago de una familia mallorquina noble pero arruinada, a quien -a pesar de la deshonra que ello representaría para su ascendencia cristiana- no le queda más remedio que sobrevivir casándose con una joven y rica judía. Sin embargo, agobiado por la presión que sobre su conciencia ejerce el linaje de sus muertos, desiste de su decisión y huye a Ibiza para vivir de la caridad de un antiguo peón suyo, de cuya adolescente hija se enamora. El nuevo idilio le hace caer otra vez en el fatalismo de un debate interior -él es un señor, mientras que ella es solo la hija de un labriego-, en el que se plantea la incompatibilidad de su determinación personal con el respeto a la voluntad de sus antepasados difuntos.

Sea como fuere -por tabúes, miedos, reparos, escrúpulos...-, con el paso del tiempo se ha extendido en nuestra civilización una noción tergiversada de la muerte, que oculta la riqueza de su auténtico sentido, ligado siempre a la visión trascendente que ofrece la fe en Dios. Desde esta perspectiva, la muerte no es solo una inevitable exigencia natural. Se da en función de la vida. Y esta no es sino la manifestación del mismo ser a través de un proceso que adopta distintos estados y habita diferentes dimensiones. En este tránsito de un estado del ser a otro, la muerte no tiene la palabra definitiva: conlleva ciertamente el descenso extremo en la fragilidad de nuestra condición sensible, pero supone también la elevación de esta hasta alcanzar la dimensión de una vida superior.

Propiamente contemplada, la muerte no supone una conclusión del vivir, sino del morir: «no es la vida la que muere, la que muere es la muerte», expresó Juan Ramón Jiménez (1881-1958). Puesto que hay algo en nuestra vida que es eterno y que no acaba cuando todo parece acabar, se vive más cuando la muerte se presenta. Su presencia lo resume todo: la revelación de que el destino del hombre es vivir. Y vivir no una vida cualquiera, sino la vida prometida y dada a cada hombre por el Padre en Jesucristo, aquella vida que, para Juan Pablo II (1920-2005), «es cumplimiento de la suerte que desde la eternidad Dios le ha preparado».

Si no fuera así, si la vida natural no condujera a la trascendencia, abocaría en el desamparo de la nada. Es en este contexto en el que se comprenden el grito desafiante de Jorge Guillén (1893-1984) «¡Muerte: para ti no vivo!» y la intuición de Unamuno (1864-1936) de que jamás se ha sentido Dios más creador que cuando -al destruir la muerte con la resurrección de Cristo- restableció la plenitud de la Vida y evidenció que no es Dios de muertos sino de vivos. Desde entonces la vida no está unida definitivamente a la muerte. No es el final de todo, sino la manifestación del último paso temporal hacia la vida definitiva.

Si morimos para vivir, a la hora de recordar en estas fechas a nuestros difuntos, lo que importa -junto a una recogida visita en sus cementerios- es implorar para ellos la infinita misericordia de Dios, sin la que no hay salvación eterna para nadie.