Las Provincias

BALONCESTO CON EL PIE

El martes pasado tuve un síntoma más de la enfermedad que me aqueja desde hace meses, si lo pienso tal vez sean años, de hecho ni me acuerdo de cuándo comencé a notar algo. Jugaban el Manchester City y el Barcelona, partido de Champions, lo hacían por la tele, en abierto, y a pesar de que tenía fiesta y estaba en casa se me pasó. Hace años, en otras circunstancias, me habría sentado delante del televisor, después de avisar a mis hijos, para ver un buen partido de fútbol, disfrutar del espectáculo, un estadio inglés -que siempre es algo especial-, el Barça -que aunque nos duela, merece la pena verlo jugar-, Messi, el bobo de Neymar, Agüero, el morbo de Guardiola, seis exvalencianistas entre ambas plantillas, motivos, en fin, más que suficientes para dedicar hora y media a la caja tonta. Pero sencillamente me olvidé, o no me enteré, o me dio igual, o pasé, que a la postre viene a ser lo mismo. Lo pillé ya en la segunda parte y empecé a verlo pero con esa sensación de mitad pasotismo mitad desazón, porque no tenía claro quién quería que perdiera, si el club catalán que unos días atrás se había visto favorecido por el árbitro en Mestalla o el conjunto inglés entrenado por un técnico también catalán, multimillonario y perdonavidas que encima hace política barata. Y es que cada martes, cada miércoles y cada jueves se ha convertido en una agonía, con la Champions y la Europa League que juegan otros, y luego vienen los viernes, los sábados, los domingos y hasta los lunes, y lo que antes eran ganas de saber, de enterarme, de interesarme y hasta de aprender, ahora son de ignorar, de desconocer, de olvidar, de evadirme. Es normal, me dicen y hasta me consuelan familiares, amigos y conocidos, es que el Valencia está como está, y además es la edad, la crisis a partir de los cincuenta, les pasa a todos los hombres, se apartan durante un tiempo pero luego vuelven. El caso es que cuando antes me faltaba tiempo para poner en la radio a Paquito González y Pepe Domingo Castaño ahora prefiero el silencio, aunque sé que hay vida ahí fuera, que está pasando algo, que el balón rueda ya casi a cualquier hora de prácticamente todos los días de la semana y las pasiones se desatan. Del patético empate del Madrid ante un conjunto cuyo nombre no consigo recordar me enteré al día siguiente y apenas esbocé una sonrisa, que en otros tiempos no tan lejanos hubiese sido una sonora carcajada. No es nada grave, me aseguran, se me pasará, volveré a ser el que era, no le des más vueltas, no te calientes el coco. Me recomendaron el baloncesto como alternativa y lo intenté, pero ese minuto final que dura tres cuartos de hora me mata. Y sobre todo, nunca he llegado a entender por qué pudiendo pegar una buena patada al balón lo botan y lo cogen con las manos.