Las Provincias

Son mortales

Ha hecho lo que cualquier persona». Así resumió Pablo Iglesias su visión de la polémica por el piso de Ramón Espinar. El candidato a las primarias de Podemos en Madrid había justificado la compra y posterior venta de un piso de protección oficial, después de embolsarse su correspondiente plusvalía, con el argumento de que no podía pagarlo. Y su Amado Líder consideró intachable su comportamiento alegando que cualquier otro en su lugar habría hecho lo mismo. Ahí reside el quid de la cuestión. Son mortales. Hacen lo que harían los demás. Incluso meterse en una hipoteca con una mísera beca y darse cuenta, nueve meses después, de que era mejor venderlo y ganar dinero. Como los demás. Como millones de personas que han hecho dinero comprando y vendiendo pronto, en plena burbuja. No es ilegal, braman desde Podemos. Ni siquiera inmoral. Sin embargo hay algo que nos impulsa a reprochárselo a Espinar y no a los demás: la superioridad moral con la que se han presentado a un país instalado en la especulación inmobiliaria.

Desde luego no es comparable su caso con los de empresas, corporaciones y particulares que han exprimido hasta la extenuación la gallina de los huevos de oro. Lo suyo es especulación a pequeña escala. Como lo es meter dinero en Bolsa y nadie dijo que fuera un crimen. Salvo algunos. Durante estos últimos años hemos asistido a un despliegue de razones por las que escupir al capitalismo que nos anima a hacer cosas como la de Espinar: querer ganar dinero. ¿Es reprochable? Según los modos, según la escala de valores y según el precio que uno decida pagar. El problema de Podemos es que nos ha intentado convencer de que el enriquecimiento era un mal por sí mismo y quienes lo practicaban, como los que salen estos días en la lista Forbes, eran sospechosos de crímenes contra la humanidad. No entraré a juzgar a Espinar, aunque me sorprenda que en nueve meses alguien se dé cuenta de que no podrá pagar sin que hayan cambiado las condiciones bajo las que firmó la hipoteca. No es su caso lo relevante, sino el riesgo de mantener un discurso puro desde una atalaya moral que se permite demonizar al resto. En efecto, ha hecho lo que muchos otros. Como Echenique y su personal doméstico. Como Errejón y su absentismo laboral universitario. Como Monedero y su «a que no me pillan». Porque son iguales que los demás. Porque millones de españoles han comprado un piso sin poder y sin deber. Y muchos otros, pudiendo y sin pensar en que un día iba a llegar la guadaña de la crisis para cobrarse su atrevimiento. Porque, como muchos españoles, el único dinero que no ven sucio es el propio. Campaña mediática, acusan, enfurruñados. ¿Y de qué se sorprenden? ¿Acaso no han practicado ellos también ese deporte? Como en el 'Un, dos, tres', hemos venido a jugar y jugamos. Todos. Con las mismas reglas y las mismas armas. A veces se gana y a veces se va uno a casa con una preciosa Ruperta.