Las Provincias

De las lágrimas en la política

Hay imágenes en discursos de despedida, cercanos al día de difuntos, que valen por todo un tratado de política. No hace falta seguir House of Cards, ni estar atentos a las confidencias de Frank Underwood. Hay otros precedentes que ilustran el hecho de que las lágrimas se pueden ensayar. Cuando en 1952 Eisenhower dudaba, con buen criterio, sobre la oportunidad de la candidatura de Richard Nixon a la Vicepresidencia, por la financiación ilegal de su campaña como senador, éste pronunció en televisión utilizando de fondo a la familia, el famoso discurso conocido como de Checkers, por el nombre del perro que un donante de Texas había regalado a la familia. Escudándose en el afecto que sus hijas Julie y Tricia sentían por el perro, Nixon aseguró que no lo iba a devolver. La opinión pública se tragó el embuste y el asentimiento de Eisenhower provocó las lágrimas de Nixon. Su profesor de teatro en el Whittier College recordaría años más tarde cómo había enseñado a Richard Nixon el truco para conseguir un torrente de lágrimas diciendo que «no hay nada pérfido ni inmoral en el hecho de ser un buen actor». No le asigno un especial valor a las lágrimas. He sido un confeso derramador de lágrimas en películas de todo tipo, partidos de fútbol y tandas de penaltis. Pero no en la política. Creo que hay algo tramposo en ese sentimentalismo abstracto capaz de emocionarse por las palabras y las ideas, pero inmune al dolor de carne y hueso. Hay algo enfermizo en derretirse de emoción ante el maltrato animal y sin embargo esquivar la mirada ante el dolor concreto y modesto con nombre y apellidos. Tiendo a pensar que todo este sentimentalismo político es el fruto de un deseo de protagonismo soberbio, como el de esos jugadores de fútbol que una vez traspasados realizan discursos de despedida con la voz rota, besando el escudo. Es posible que todo sea consecuencia de la victoria de una consideración de la política esclava de la proximidad. Antes la política tendía a ser sobria y secreta. El arcano de la política, decíamos. Hoy la proximidad nos impone una presencia antes inimaginable, con políticos que repiten párrafos con argumentos de fábula, imponiendo emociones de fábrica, de laboratorio de relatos, sucedáneos virales de la auténtica verdad. Prefiero la política que se preocupa en ahorrarnos las lágrimas, no en enseñarlas, porque en general la factura de las emociones suele salir cara. No tiene que ver con la capacidad de la empatía. La verdadera empatía se desenvuelve en las distancias cortas, y yo lo soy tanto que soy capaz de dar la razón a mi contrincante de inmediato. El político que nos enseña su vida me provoca un ataque de alergia. Cae la lágrima pero los ojos están secos. In hac lacrimarum valle. Esta vida ya es un valle de lágrimas. Si los ciudadanos somos los que hemos de enjugar las lágrimas del político, no sé en qué consiste la ganancia de este negocio.