Las Provincias

HUÉRFANOS DE IDENTIDAD

Las alarmas ya se han disparado. Se percibe en el ambiente. En la rutina del día a día. Las camisetas del Valencia destacan por su ausencia. Huérfanos de identidad. En los descampados de tierra de los pueblos, donde las mochilas de los que van a la escuela hacen la función de postes, se patea el balón con la amenaza del peligro de extinción como el mayor de los males. En clase hubo una época en la que muchos de mis compañeros eran de la Real Sociedad. De la de Zamora y Satrústegui. Y todos en la portería querían ser Arconada. Aquel equipo del doblete de principios de los ochenta dejó huella incluso cuando todavía estaban tiernos los títulos de un gran Valencia liderado por Kempes. Del Athletic Club también fueron pero menos. Quizá porque los que desertaron en busca de otros colores se tiraron al barro de Atocha para siempre. Supongo que la explosión del Valencia de Ranieri-Cúper-Benítez también tejió una red de incondicionales más allá de las fronteras que marca el Estatuto de Autonomía. Aquel Valencia también fue una Real Sociedad dos décadas después. Los que juraron lealtad en otros lares la mantendrán hasta la muerte. El miedo no es que no se sumen nuevos adeptos pese al barullo de la internacionalización. El drama es el de la deserción de los indecisos locales, sin clavo ardiendo al que agarrarse para blindar la militancia, y ver las calles cada día más pobladas de zamarras ajenas compradas en muchos casos en la alegalidad del espacio digital. Ese es el verdadero mal. Padres y abuelos, con discursos machacones que en la mayoría de los casos están hilados en el recuerdo, tratan de que sus hijos y nietos no abracen otra creencia que no sea la que se santifica cada día en Mestalla. Pero los vástagos, engatusados, optan por celebrar los goles hipnotizados por lo que ven en televisión o piden a la madre que les lleve a la peluquería a por tinte y barba postiza. Un drama. El Valencia no sólo ha perdido la posibilidad de los títulos sino que ha dejado a atrás a sus referentes, a parte de sus mandamientos. Más allá del empate en Riazor, porque el fútbol es fútbol, la congoja llega cuando en la lista de convocados al valencianista y valenciano se le hace sentir como a la Piquer allá en tierra extraña. Una internacionalización donde al final el forastero es aquel que lo parieron donde se forjó la pasión. El Valencia se equivocará cada vez que priorice al de fuera por encima de quien vive en casa. Los éxitos más allá de los títulos llegaron sostenidos por el gen autóctono, aquel que se ha olvidado en favor de embustes y relatos que nada tienen que ver con una identidad casi centenaria. Alguien se lo debería dejar ver a Layhoon, decirle que el proyecto empieza en casa, alejado de escudos anaranjados que nunca formaron parte de esta historia.