Las Provincias

Criterios objetivos

Los dos graves delitos sexuales que han acontecido estos días (el de Chella, cometido contra una menor de 15 años, y el de Barcelona, contra una mujer adulta) nos recuerdan la peor cara del crimen, así como la importancia de comprender la evolución personal que se esconde tras estos actos ominosos. Rara vez la violencia interpersonal premeditada grave (como una violación o un homicidio, y desde luego cuando ambos se unen) es el resultado de circunstancias que abruman a su autor, sino que constituyen un paso adelante en un proceso vital marcado por la ausencia de culpa y un profundo egocentrismo. El sujeto se adentra de forma intensa en sus fantasías de poder y dominio, al tiempo que consolida una actitud denigrante hacia sus potenciales víctimas.

En el caso del joven de 21 años y presunto autor del crimen de Chella, sabemos que ya fue condenado en octubre de 2015 a 50 días de trabajos en beneficio de la comunidad por violencia de género. También se le impuso la prohibición de acercarse y comunicarse con su expareja, quien lo había denunciado. Por ahora no se sabe si la joven asesinada fue objeto de violación, pero en realidad eso no es relevante para entender el odio y la rabia que atenazaron al asesino; por mucho alcohol y drogas que consumiera, no es menos cierto que era su psicología violenta la que impulsaba un estilo de vida donde sus deseos y necesidades tenían absoluta prioridad sobre el bienestar de los otros.

En Barcelona, por otra parte, el recluso Tomás Pardo intentó matar a una mujer de 52 años después de haberla violado. La hirió con un arma blanca y luego la arrojó por un terraplén, pero la víctima sobrevivió y pudo avisar con su móvil al 112. Este sujeto estaba gozando de un permiso penitenciario y había sido condenado en 2002 por un delito semejante: la violación y el intento de homicidio de una mujer. Según la información prestada por la administración competente, el juez de vigilancia penitenciaria había tomado la decisión de concederle el permiso de acuerdo con 'criterios objetivos'.

El asesino de Chella es un joven que se ha iniciado en el crimen más odioso que hay; por desgracia, ha llegado muy pronto a su destino, al igual que lo hizo Tomás Pardo. Sé lo difícil que es predecir estos actos; en el primero su autor iba camino del desastre pero poco se puede hacer cuando uno ya es mayor de edad y se ha encanallado.

Pero el caso de Barcelona es diferente: un violador y frustrado homicida lleva un cartel de '¡Peligro!' encima de su cabeza. Los delincuentes sexuales psicópatas deben ser identificados y suprimidos de los permisos. No podemos utilizar los mismos criterios que empleamos en los otros reclusos para juzgar su evolución penitenciaria. Son una minoría, pero es obvio que este sujeto no se ha convertido en un asesino serial porque el destino, esta vez, indultó a las víctimas.