Las Provincias

Misterios libaneses

El fin súbito (aunque negociado entre bastidores durante bastante tiempo) de la crisis institucional que daba al Líbano el insólito récord de estar sin jefe de Estado por dos años y medio concluyó el lunes: el general maronita (cristiano) Michel Aoun fue elegido después de que los otros dos grandes bloques, los sunníes de Saad Hariri y los shiíes del Hizbollah ('Partido de Dios', de Hassan Nasrallah), alcanzaran un acuerdo al respecto y el Parlamento lo confirmara. Lo sucedido se ha explicado estos días en términos de hecho, pero no tanto como para dar una respuesta verosímil a la pregunta de por qué ha sucedido el milagro que significa nada menos que un acuerdo de Hariri con el Hizbollah al que se da por responsable del asesinato de su padre, Rafiq, en febrero de 2005. Se supone que este milagro implica que los shiíes votarán que Saad sea nombrado enseguida primer ministro, sumados los votos de los tres grandes bloques, de clara inspiración y disciplina confesional respaldada en la Constitución. Pero hay, aparentemente, algo más que no ha sido subrayado: el papel saudí.

En efecto, el partido de los Hariri (Movimiento del Futuro), obra de su padre, es desde siempre la 'longa manus' de Arabia Saudí y la dinastía allí reinante, la Casa de los Saud. La razón es la larga carrera que, con tesón y un éxito espectacular, llevó a cabo Rafiq en el país como contratista de grandes obras públicas, que le granjearon consideración y acceso a Palacio, sobre todo en los largos años del rey Abdallah bin-Abdul Aziz, muerto en enero del año pasado. Dinero, medios de información, confianza política, de todo eso dispuso Rafiq, visitante asiduo de Ryad, como su hijo y heredero político del gran clan político y familiar, allí refugiado en los inquietantes días que siguieron al asesinato de su padre.

Si se acepta que la decisión del joven Hariri (46 años) tiene el aval saudí, significa algo más que una luz verde para aliviar el poco edificante espectáculo de un país incapaz de ponerse de acuerdo sobre cómo elegir al presidente. Pero es difícil proponer una explicación clara y verosímil porque la decisión beneficia al Hizbollah, a día de hoy un factor completamente hostil al punto de vista saudí en todas las crisis regionales y no sólo en Líbano. Los combatientes shiíes, admirados por su competencia y su valor (y en Israel lo saben bien) son un factor central en las dos grandes crisis en marcha en la región: la guerra en Siria, donde son aliados del régimen de Bashar al-Assad y del Irán, la gran potencia shií, y adversarios de los saudíes y su política regional expresada en Bahrein (donde defiende a la población shií, mayoritaria) y sobre todo en el vigente conflicto con los huthíes en Yemen. Los huthíes son una rama menor de la Shía.

Conclusión: lo sucedido en Líbano es incomprensible salvo que sea parte de un plan general y de medio plazo aceptado, si no diseñado, en Ryad.