Las Provincias

Mercado triste

El 24 de octubre de 1910, Alfonso XIII dio el primer golpe de piqueta para derribar las casas que debían dar paso al Mercado Central. Aunque el gran edificio no estuvo disponible para inaugurar y dar servicio a la ciudad hasta enero de 1928, el centenario de la colocación de la primera piedra del templo de la alimentación (30 de diciembre de 1915) ha dado pie a que el consistorio haya empleado casi dos años en dedicar proyectos y zalamerías a un colectivo, el de los vendedores del propio Mercado, notablemente triste y enfadado.

Además de la concesión de la muy merecida Medalla de Oro de la Ciudad a esta gran familia comercial, noches de apertura especial, una exposición fotográfica, la edición de un disco y la recuperación de una antigua zarzuela, han ido jalonando un largo periodo de afecto, de verdadero mimo, al que los vendedores no responden de forma recíproca. Entre otras cosas, claro, porque la realidad dista mucho de los requiebros, como ya ocurrió en los viejos tiempos. El Mercado nuevo, que obedece a un impulso municipal de 1869, tardó casi 60 años en hacerse realidad; los abuelos de los actuales vendedores ya comprobaron que incluso entre la primera piedra y las obras efectivas pasaron años de angustiosa espera, como no podía ser de otra manera en un consistorio sin un duro y afectado por las secuelas de la Guerra Mundial.

El Ayuntamiento quiere culminar su enamorado abrazo al Mercado Central con una 'mascletá' y una paella popular. Se han convocado para el domingo, frente al Ayuntamiento, en esa plaza mayor que cada vez se nos hace más y más popular -algunos aguafiestas van a decir pueblerina- a base de copiar los modelos entrañables de las pequeñas pedanías, las celebraciones patronales de los pueblos vecinos: mercadillos y calderas, paellas y fuegos... Todo el catálogo previsible, menos 'els bous'.

Pero así y todo, van a ver ustedes cómo al Ayuntamiento le cuesta triunfar: el cariño municipal no va a ser plenamente correspondido por los profesionales del Mercado Central, que están reacios porque viven pendientes de otra realidad, la mengua de la alegría en la caja de cada tarde.

Las razones no hay que buscarla en la concejalía de Mercados. Ni siquiera en esa plural área de Animación, Jaranas y Propaganda que ya engloba a más de la mitad del Ayuntamiento. La tristeza de los vendedores, su extendida melancolía, tiene la causa en el servicio de Movilidad Sostenible, que está dejando inmóviles a los clientes que antes acudían al Mercado y con una recaudación insostenible a los vendedores. La falta de solución urgente al asunto del estacionamiento de la avenida del Oeste, la ausencia de noticias sobre la paralizada línea del Metro, la congelación de la circulación en la plaza del Mercado y el desvarío de la red de Transportes es la que tiene a los vendedores de los mercados retraídos en el amor. Y muy poco propicios a participar en algo tan santo como una paella.