Las Provincias

PRESUPUESTO A MARTILLAZOS

Durante los años de la burbuja inmobiliaria, cuando los bancos concedían créditos hipotecarios con alegría irresponsable, algunas parejas se embarcaron en la aventura de comprar un piso cuyo coste excedía con mucho sus posibilidades económicas tanto a corto como a medio y a largo plazo. Pero lo hicieron pensando en futuribles -a ti te ascenderán, yo conseguiré un trabajo mejor pagado o haré más horas...- que aseguraban que finalmente las cuentas cuadrarían, podrían salir adelante y no dejarían de pagar las cuotas mensuales del préstamo. El final de muchas de esas historias ya lo conocemos, hogares desahuciados y parejas en casa de los padres. Haciendo gala de esa misma técnica -futuribles de dudosa credibilidad-, la Generalitat nos presenta ahora unos Presupuestos para 2017 en los que aumenta el gasto público y lo trata de compensar con unos ingresos ficticios, al dotar partidas procedentes de la financiación autonómica y de la ley de dependencia que ni están ni se les espera. Con ello, la izquierda y el nacionalismo gobernantes intentan cumplir un programa electoral que prometía acabar con los recortes aplicados durante los peores años de la crisis al tiempo que se avanza hacia un nuevo modelo productivo del que, a día de hoy, aún no tenemos noticia. Porque una cosa es criticar lo anterior, la excesiva dependencia del ladrillo, del sector turístico y de los grandes eventos, y otra muy distinta plantear una alternativa que vaya más allá de ocurrencias, excentricidades o de pequeñas y anecdóticas actuaciones que no transforman la economía de toda una región. No obstante, lo peor de este proyecto de Presupuestos de la Generalitat es la sensación que se transmite de irrealidad, de incumplimiento del mandato del Gobierno (que a su vez hace de correa de transmisión de Bruselas) acerca de controlar el déficit. En definitiva, de ingeniería financiera. Difícilmente puede una Administración exigir a sus ciudadanos que cumplan normas, que paguen sus impuestos, que sean respetuosos con las leyes, si la propia Administración deja tras de sí una estela de ficción y hasta de farsa. Que Valencia está mal financiada es una evidencia, que es necesario un nuevo modelo que atienda sus necesidades y acabe con el sinsentido de que con una renta per cápita por debajo de la media nacional sea de las autonomías que más aporta al conjunto del Estado, también, pero la solución a ese grave problema que arrastra la hacienda pública de la Comunitat no puede ni debe ser cuadrar el Presupuesto a martillazos, con partidas y fondos que no van a llegar, para dar una apariencia de cumplimiento del objetivo del déficit que no es tal; sólo un burdo maquillaje de números, un ardid que no engaña a nadie.