Las Provincias

Peso mosca

La Comunidad Valenciana compite en la humilde categoría del peso mosca de la política nacional. Con más del 10 por ciento de la población española, Valencia apenas ha tenido un jefe de gobierno, de apenas dos meses, en los últimos 150 años: Ricardo Samper, durante la II República. Ya en el franquismo, sí tuvo algunos ministros relevantes: Ullastres, que logró el primer acercamiento al Mercado Común, Vicente Mortes y sus viviendas sociales y Villar Palasí y su ley de educación. En la transición, hay que reseñar el protagonismo de Abril Martorell.

Ya en democracia, los socialistas sí han contado con los valencianos para diferentes ministerios: Carmen Alborch, Jordi Sevilla, Antoni Asunción, Vicente Albero, Pedro Solbes, Joan Lerma o Bernat Soria. Sin embargo, con el PP el asunto podríamos calificarlo de sangrante. En tres legislaturas, las dos de Aznar y la de Rajoy, solo recuerdo a Juan Costa. Es un bagaje casi ofensivo. Pero es que Valencia, para el PP, sigue siendo una tierra muelle y menor, aunque tenga una gran bolsa de escaños. Unas gentes cordiales que tragan con todos los agravios comparativos. Tal vez el más injusto de todos el ser la única comunidad española que, estando por debajo de la media en renta, aporta más de lo que recibe al erario común. Algo realmente inaceptable. Pero que aceptaron alegremente los presidentes del PP a lo largo de veinte años. Acaso porque estaban más preocupados por otros asuntos, que les atañían más personalmente. A saber.

Ahora se abre otra etapa política y mañana habrá nuevo gobierno. ¿Aparecerá algún valenciano en él, siquiera en un puesto de segundo orden? Pues podría ser, sí, aunque no sea probable si consideramos los últimos gabinetes populares. En todo caso, lo más importante no es eso, siendo significativo, sino saber si vamos a dejar de ser la única comunidad 'pobre' que paga más que recibe. Uno es muy pesimista al respecto, porque son muchos los años de aceptación mansa y sonriente de esa discriminación. Ya se sabe, somos el Levante feliz, y con poco nos conformamos. Además, aquí la sangre nunca llega al río, lo que es una excelente prueba de civismo, ironía y aceptación poco menos que budista, pero que favorece nuestra irrelevancia política estatal.

A lo lejos, en regiones vecinas, que luchen otros, que pidan e insistan. Aquí a comer paellas y a tomar el sol en la playa. Privilegio grande que tenemos, es cierto, pero compatible con la justicia elemental de dar a cada uno lo suyo. Y a esta tierra no le dan lo suyo. Entre otras razones porque no se une para que se lo den. Y porque todavía estamos pagando la penitencia de una infame y nutrida leva de ladrones que utilizaron la política para hacerse ricos. Y cresos. Y también presos. Algunos.