Las Provincias

Memoria y unidad

No será este ayuntamiento. No será el que haga historia. Se limitará a recordarla. No es mala opción. Recordar es el primer paso para no repetir errores y para resarcir de los anteriores cuando nacieron del olvido inconsciente o intencionado. Sin embargo, una cosa es recordar y otra, anclarse en el pasado. Una cosa es hacer memoria y otra, crearla. Este ayuntamiento está empeñado en rehabilitar el pasado -nada que objetar- pero sin vincularlo al futuro. Y la historia se hace mirando hacia el futuro. Lo comprobamos ayer mismo en el cementerio. Si algo iguala a todas las personas es la muerte. La igualdad, de tan difícil consecución en vida, llega al final y poco importan las riquezas, la sabiduría o los méritos de cada cual. En ese momento, todos estamos hechos de la misma materia perecedera. Sin embargo, los valencianos asistimos, atónitos, a un doble homenaje por parte de las autoridades municipales: como si viviéramos en la primera mitad del siglo pasado, unos acuden al cementerio civil y otros, a la celebración católica. Hoy, que ya no hay persecuciones ni prohibiciones que impidan a unos pisar terreno sagrado y a otros, lugares laicos, son los mismos políticos quienes reproducen los esquemas antiguos. Solo les falta excomulgarse mutuamente, algo que hasta los luteranos y católicos han decidido superar tras cinco siglos de rechazo y enfrentamiento.

El ejemplo dado estos días, con motivo del V Centenario de la Reforma protestante, ha llegado del Papa y la Federación Luterana. Más alejados que los seguidores de Lutero y el Obispo de Roma no están los concejales del tripartito y los demás del ayuntamiento de Valencia. Aquellos vivieron guerras que desangraron Europa, se odiaron recíprocamente, se rechazaron y arrastraron a sus seguidores hacia un abismo que parecía insalvable. Sin embargo, los esfuerzos por coser heridas realizados desde tiempos de Juan XXIII, e incluso antes, han ido dando pasos con lentitud y paciencia hasta llegar a rezar juntos anteayer. Roma no olvida el daño que se produjo y las muertes de católicos, como tampoco Suecia o Alemania pueden obviar la persecución a la que se sometió a todo el que se adhería a las 95 tesis. Su mérito no está en olvidar ni en dirigirse al otro con el reproche en la boca sino, como dijo el Papa, en ir más allá de los errores del pasado: «no podemos resignarnos a la división».

Ésa es la máxima que los valencianos querríamos en nuestras autoridades. Es cierto que debe honrarse la memoria de quienes fueron fusilados, represaliados y perseguidos por sus ideas pero honrarles es construir un futuro común sin divisiones. El recuerdo no está reñido con la unidad. El hacha de la guerra y de la dictadura hirió a los valencianos. A todos. Provocó un abismo entre vecinos y rompió familias, amistades y convivencia. Incidir en esa fractura es mantener el error. Superarla es hacer historia, no solo hacer memoria.