Las Provincias

CABALLO PERDEDOR

El escritor Charles Bukowski acudía casi todos los días al hipódromo para apostar unos dólares y permanecer en una burbuja de caspa y gente pisoteada que le ofrecía el reverso tenebroso del gran sueño americano. En ese microcosmos de caballos al galope cicatrizaba sus múltiples heridas. Y ahí observó a una importante porción de paisanos que sólo pretendían perder. Perder, curioso fenómeno, engancha. Esto me lo confirman también los amigos que trabajan en los casinos.

La derrota puede provocar un extraño y morboso gustirrinín que tonifica los rincones más oscuros. Empiezo a pensar que Pedro Sánchez forma parte del bando que disfruta con los fracasos porque sólo en esas ocasiones encuentra el aliento vital. El bello Pedro desde luego no percibe la furiosa pasión que mana de la masa hacia el vencedor. En algunos ámbitos, sobre todo en el de la farándula y el de la política, al perdedor se le considera un vil apestado que nos puede contagiar. De ahí que le huyan. Cuando el naufragio nos abraza, cuando el bache se prolonga, cuando el accidente amenaza auténtica ruina perpetua, conviene disimular y mostrar entereza ante los otros porque de lo contrario nos despedazan. Lucir penita, adoptar aire moroso y tristón, exhibir tierna melancolía, sólo nos conduce a la tumba porque el personal siempre busca el cobijo del sol que más calienta. A Pedro le desprecian en su propio partido, los peperos se colocan de perfil y los podemitas se ríen de él porque no se asoció a su destarifada causa cuando pudo. Soñó con presidir España y nos hemos librado de la catástrofe gracias a su escasa cabeza. Salió de una breve reunión con Rajoy y comentó muy sobrado aquello de «esta reunión ha sido prescindible». Prescindible es él. Aunque ya puestos le puede quedar el consuelo del hipódromo para jugar a caballo perdedor.