Las Provincias

Qué hacer con los polvos

Madre estaba sobre la mesa camilla de la salita. Hijos y nueras, sentados alrededor, perturbados. La cremación fue tan rápida que les dejó el cuerpo a medias. Si la hubiesen enterrado al menos habría quedado atrás y, aunque les doliese, podrían reemprender la vida sin ella. La cosa de quemarla, sin embargo, se resolvió en un abrir y cerrar de ojos, casi sin duelo y sin Padrenuestro, y ahora madre seguía ahí delante pero reducida a cenizas. Presente. Como si en vez de irse del mundo hubiera cambiado su generoso estado sólido por otro polvoriento para quedarse. ¿Qué hacer con aquel búcaro, pues? Al final, el mayor tuvo una idea: «Somos valencianos, nos gustan los fuegos artificiales y la mujer quería ir al cielo, ¿por qué no la metemos en un cohete y que la disparen en un castillo?» Dicho y hecho, 'pensat i fet' que decimos aquí, doña Amparo, fallera de tres moños, participó el año pasado en la 'nit del foc' de su barrio metida en un proyectil pirotécnico, iluminando el firmamento, estallando en colores y lloviendo después con otras pavesas sobre las boquiabiertas falleritas. Loado sea el Señor.

La Iglesia acaba de prohibir conservar a los parientes difuntos en la despensa de casa o inhumarlos a la sombra del árbol que les vio polinizar. Lo cierto es que al personal el tema de espolvorear finados por la torrija del mundo se le ha ido de las manos. Hay campos de fútbol en los que no crece la hierba en los córneres porque cada domingo unos cuantos hinchas diseminan ahí a su padre mientras canturrean el himno del club. Y playas en las que es fácil tropezarse con alguna urna funeraria que en ocasiones ni se molestaron en vaciar antes de hundirla. «Arrojadme al mar que me quiero sentir gaviota», y van y lo tiran donde se toca pie. Nada tan destructor del orden universal como la imaginación desatada de quienes carecen de imaginación.

La hechura de la vida que nos inculca una educación sentimental basada en la publicidad excluye por completo a la muerte de nuestras expectativas. La vida sin muerte es tan imposible como la muerte sin vida, o más. De hecho la vida eterna es cuestión de fe y la muerte eterna de probabilidad. Vivimos ignorando que hemos de morir y por eso nos incomoda tanto la persistencia de los muertos. Cada día son más los que prefieren que se volatilicen a suponerlos esperando visita en el camposanto.

Yo quería que, al morir, mi bicho me disecase como al bosquimano de Bañolas y me tuviera en el recibidor de casa para saludar a los que luego de mí vinieran a abrocharse mis trajes y desabrochar su blusa. Servirle incluso de percha o paragüero. Pero, ante la perspectiva de que mi amorcito me olvide rápido, voy a rogar que metan mis cenizas en un petardo y como a doña Amparo me exploten en una mascletà fallera. Después de todo, de pólvora es el polvo al que me entrego con más felicidad.