Las Provincias

LOS AMIGOS DE IGLESIAS

Breve y con escasa sustancia, la segunda jornada del debate de investidura del pasado sábado sirvió no obstante para escenificar lo que hubiera sido el bloque en el que pensaba apoyarse Pedro Sánchez para alcanzar la presidencia del Gobierno. Frankenstein salió a pasear por Madrid y lo hizo tanto por el Congreso de los diputados como por la calle, con una minoritaria manifestación de radicales, perroflautas, ácratas, anarquistas, comunistas y nacionalistas a los que la democracia les molesta e incomoda cuando el resultado no es el que les conviene. En el hemiciclo, las intervenciones de los grupos con menor representación -como las de Rufián (Esquerra Republicana de Catalunya) y Matute (Bildu)- permitieron contemplar el lenguaje gestual de Pablo Iglesias, su apoyo a ambos parlamentarios después de que se despacharan a gusto contra los socialistas y sacaran a relucir la ya famosa «cal viva», un asunto que les preocupa mucho más que los más de 800 asesinados por ETA. Estos son los amigos del que aspira a ser presidente del Gobierno, los más sectarios entre los sectarios, los que hacen de la provocación su razón de ser. Y se pone enfrente de todo el bloque constitucional (PP-PSOE-Ciudadanos), de los que defienden sin matices la unidad de España y no sueñan con una revolución bolivariana. Difícilmente va a poder el líder de Podemos construir una mayoría en torno a un proyecto cada día más escorado a la izquierda, revanchista, caduco y trasnochado. En el Parlamento se le irá agotando el catálogo de numeritos de circo, un día el beso en la boca a un compañero, otro el abandono del hemiciclo, el siguiente camisetas o pancartas, al final aburrirá y ya no llamará la atención. Y con Rajoy ha pinchado en hueso. La forma de ser del presidente del Gobierno, su peculiar carácter, es justo lo contrario de lo que necesita Iglesias para que su estrategia tenga éxito, es decir, un rival que salte a la primera, que no sepa controlarse, que entre al trapo. Por eso, porque sabe que en el Congreso tiene poco que hacer, quiere volver a la calle y ya piensa hasta en una huelga general. Y vendrán más escraches y manifestaciones. Pero la calle sólo estallará si las condiciones económicas empeoran, por lo que parte de la hoja de ruta consiste en facilitar que dicha situación llegue a producirse, enrareciendo el ambiente, creando un clima irrespirable, de desconfianza y miedo al futuro, que retraiga a los inversores y a los propios consumidores (si sólo podemos ganar cuando todo vaya mal, hagamos que todo vaya mal). Este parece ser el objetivo de un Iglesias que se ha echado definitivamente al monte, ha abandonado cualquier intención de captar voto moderado y se rodea de amigos como el independentista Rufián o el batasuno Matute.