Las Provincias

ADIÓS REVÁLIDAS, ¿ANTICIPO DEL PACTO?

El nuevo tiempo político que vive España o la propia debilidad en el proceso de construcción de la reforma educativa. Que el ya re-presidente Rajoy ofreciera, de primeras, el sacrificio de las evaluaciones finales -reválidas- puede significar ambas cosas. Que por fin se abre paso la idea del consenso educativo o que ya la Lomce, tal y como se publicó en el BOE, no la defiende ni el gobierno que la redactó.

Cierto es que la Lomce, dentro incluso del partido gobernante, tuvo sus roces, una ley sobre la que se comenta que fue más ministerial que de partido. De aquel primer Ministerio, pues tras el relevo del tándem ministro y secretaria de Estado, el nuevo equipo comenzó a raspar sus aristas.

Tampoco le ha ayudado el interinaje gubernamental de casi un año, en medio de su aplicación y desarrollo. Una implementación autonómica, por otro lado, desleal, o al menos interpretativa, de tal forma que cada autonomía, por bloques, ha hecho de su capa un sayo.

El ofrecimiento de Mariano Rajoy de no dar validez a las reválidas hasta que no se alcance un pacto educativo sólo es ofrecer lo que ya se tiene, pues estas pruebas nunca se previeron válidas para el actual curso. No se altera ningún calendario. La clave, por tanto, no es práctica, pues nada cambia de lo previsto. La lectura hay que buscarla como ofrecimiento político. España entra en un nuevo periodo de reforma educativa como una subordinada inherente al nuevo periodo político.

La Lomce no puede, en estas circunstancias, sobrevivir. El apoyo afirmativo del Gobierno, Ciudadanos, pactó su reforma y el PSOE abstencionista, junto con el resto de oposición, pide suprimirla. Mientras, media España la matiza, modifica, zarandea o sacude cuando llega a los escolares.

Por el contrario, a nuestra Educación se le abre una ocasión única, si asumimos la realidad de que la Educación es siempre segundo plato en la agenda política. Aunque sea a rebufo del resto de reformas, aunque sea porque en el actual milpartidismo el horizonte está en las grandes reformas, aunque la Educación sea un punto 4.b en la lista de pactos políticos que se avecinan. O es el momento del pacto educativo o ya no lo será nunca.

Claro que este acuerdo de Estado sigue teniendo dos grandes enemigos. Por un lado, la propia tensión política. Al igual que algunos vemos que de los consensos de las actuales minorías saldrán los respetos de las mayorías futuras, de la confrontación se sacan también réditos y hay quien los calcula. No dependerá de lo que suceda en la Educación pero sí lo pagará ésta, si finalmente la legislatura es corta o larga, estéril o florida. De la bronca creciente no saldrá ningún pacto educativo pues todavía se entiende que sería un regalo innecesario al Gobierno ceder en este punto mientras se tensionan el resto.

El otro enemigo es el inmovilismo, las propias inercias del sector que lo han convertido en un campo de líneas rojas, entrecruzadas, férreas, que ningún partido se atreve a cruzar sin acompañarse de sus 'aliados' sectoriales.

En el terreno educativo, lo inédito en España es el pacto político, que cambie las estructuras y no sólo agrande los presupuestos. Ese es el reto y la oportunidad.

Sólo un pacto así podrá afrontar las reformas en materia del profesorado, modernizar la docencia y los aprendizajes, cerrar la eterna polémica de la doble red escolar, combinar comprensividad y flexibilidad en la ESO y decidir qué objetivo queremos conseguir con nuestro sistema educativo.

Y también dejar de flagerarnos con que nuestra escuela es un desastre y que cualquier pacto también incluiría memoria económica y recuperación presupuestaria.

Estamos a 48 horas de conocer el nuevo ministro o ministra de Educación. Quizás el pacto tenga un guiño con este nombramiento. Al menos, la Educación ha sido la primera mano tendida del presidente Rajoy.

¿Y las reválidas? Todo apunta que pueden ser las primeras sacrificadas, transformadas en unas pruebas de diagnóstico como las que desde la LOE se pretenden instaurar en nuestro sistema educativo pero que no terminan de cuajar. Al fin y al cabo -he insistido otras veces- no son determinantes, porque nuestra segregación escolar se crea ya antes, con una repetición que nos gangrena la obtención de los títulos académicos. Cuánto nos hemos enfadado con Wert por empeñarse en no dejar aprobar a los chavales con sus reválidas y obviamos que los suspendemos ya nosotros solos.