Las Provincias

Recuperación de un instante

Ser memorioso y lento tiene desventajas. En la hidráulica de la eliminación del dolor, los detalles y el tiempo concreto de las derrotas se quedan a vivir contigo como un parásito al que no hay manera de expulsar. Cuando todos ya se han acomodado en el olvido, tú sientes que estás todavía moviendo las piernas para modificar la elección final del regate de Santi Mina. He estado años manteniendo el balón en el córner con Fede Cartabia en la eliminatoria contra el Sevilla. La derrota contra el Barcelona fue de esas aparentemente iguales, como las de toda la vida. Resulta difícil ganar contra esas instituciones que hagan lo que hagan cuentan con el favor de las reglas marcadas. Aun perdiendo siempre ganan, porque juegan desde el poder y la abundancia varios partidos en paralelo y siempre salen airosos en alguno: el discutible partido de la estética, el falso partido de la moral, o el tramposo expediente de la política haciendo trastabillar al deporte. Lo que en algunos es violencia, agresividad, lágrimas y reproches, en otros es intensidad, orgullo y medalla de víctima. Esas medallas que brillan con el fulgor del insulto, no con excelsos versos de Carles Riba ni de Miquel Martí i Pol. Los tontos muy tontos son tontos idénticos, en la Gran Vía Germanías o en la Diagonal. Se nos acusa de un ambiente violento lanzando el gas lacrimógeno de Mestalla campo hostil por razones de identidad. Es esa falsedad que a veces hemos comprado, acomplejados, cuando de lo que se trata es que no quieren que compitamos. Quieren equipos sparrings, ahogados en la orilla, que engrandezcan su victoria, e iluminen el fulgor de su palmarés. Es la repetición sucesiva y mecánica de la victoria, ya que la única incógnita que se permiten es con el Real Madrid, y aun así, porque comparten el mismo objetivo. Son las consecuencias de un campeonato hipócrita, con apariencia de competición, que solo admite el simulacro de intriga para llegar al final con cierto suspense como en las finales de las carreras de atletismo en que solo corren dos para ganar, y hay ocho velocistas de falsete. Cuando adolescente, los errores arbitrales de la moviola tenían una cierta entidad. Casi los podías tocar. Llegabas el lunes a los Salesianos con el orgullo de la raya del fuera de juego. Hoy se burlan y te multan si haces algún aspaviento. El error arbitral es un placebo que solo adquiere sustantividad si afecta a Madrid y Barcelona. No me cambio por nada. «Testa alta», gritaba Prandelli en El Molinón cuando nos empataron, y testa alta aplaudimos al finalizar el partido. Habiendo perdido, con el gol del 2 a 1 yo recuperé el instante de felicidad, signo de futuro, de tantos partidos del pasado. El que quiera literatura que compre libros. A Mestalla se va a que gane el Valencia.