Las Provincias

ENTRE NOSOTROS

Cada vez que visito el cementerio, todo en él me invita a recogerme en mi interior. El lugar me evoca los nombres y los rostros de aquellos que me precedieron en el camino de la fe, y me surge con facilidad una oración que recuerda y hace presente, uno por uno, a todos ellos. Mirando mis propias carencias, no me es difícil pedir por las suyas. «Señor ten misericordia». Casi siempre hago el mismo recorrido, y tras visitar los nichos donde reposan familiares y amigos me acerco a algunas de esas tumbas antiguas, demasiado viejas para que alguien las visite todavía y rezo por los que allí descansan, para que a nadie le falte una oración. Les hace bien a ellos, nos lo hace a nosotros. Es tiempo de recuerdo y oración por los que recorrieron antes que nosotros el camino de la vida, de agradecimiento hacia quienes nos han hecho ser lo que somos.

Pero la memoria de nuestros difuntos, no nos puede hacer olvidar que mañana celebramos la solemnidad de Todos los Santos, de los que gozan ya de la visión de Dios, estén inscritos o no en nuestros santorales, y que han culminado su existencia en la tierra, recibiendo «la corona que no se marchita», inmejorables intercesores y amigos de los que aún peregrinamos en esta tierra. ¿Todavía es posible la santidad? Creo que sí, el recuerdo y la celebración de los mejores entre nosotros nos pueden ayudar a descubrirlo. Nuestra plegaria en la tierra, se une a la suya en el cielo. Guy de Larigaudie, legendario scout francés, lo dice de manera sencilla, pero clara: «Sigue el camino -tortuoso o recto- que Dios te ha señalado. Pase lo que pase no lo abandones porque es el tuyo. Lánzate audaz y alegremente, y cuando tropieces con la única aventura, el don total a Dios, acéptala. Sólo Dios cuenta. Sólo su luz y su amor pueden colmar nuestro pobre corazón, demasiado grande para el mundo que lo rodea». Es posible la aventura, ¿te atreves a vivirla?