Las Provincias

COLINA

El pasado lunes, mientras me reponía del esperpento arbitral del partido del Barça y asistía, atónito, a la demostración de que las dobleces y la soberbia cotizan alto en el actual mercado de valors culé, escuché una de las mejores definiciones que se han acuñado del Valencia en los últimos años. Paco Lloret, harto, como todos, de tanta insolencia pero también de la inacción que determina el día a día de la entidad, sintetizó en un excelente editorial de su programa de radio el estado de la cuestión: «El Valencia Club de Fútbol es un club grande e importante, pero a día de hoy no es un club poderoso». A la consiguiente pregunta, formulada en Twitter, de si lo fue alguna vez en su historia, Lloret respondía con tres nombres -Luis Colina, Vicente Peris y Salvador Gomar- con los que demostraba que, efectivamente, se puede aspirar a ser, desde la periferia de los centros de poder, uno de los gallos del corral.

Lloret, profundo conocedor de nuestra historia, sabe muy bien de lo que habla. Su impecable reflexión muestra la necesidad imperiosa que tiene el Valencia de hacerse respetar en el circo futbolístico actual para volver a ser alguien con voz, voto e influencia. Para ello es más importante prever los acontecimientos que actuar a contrapié, con respuestas puntuales, en caliente, del director deportivo tras el atraco de turno. Y eso solo se consigue incorporando al organigrama del club a una figura de peso que se encargue en exclusiva de las relaciones con la Liga y la Federación. Intentar jugar en igualdad de condiciones con el Real Madrid, el Barça o el Atlético de la mano de ejecutivos singapureses sin experiencia ni relaciones en el fútbol español es como tratar de hacer la guerra sin saber una palabra de estrategia militar: uno puede lanzarse al monte a pelear y podrá hostigar puntualmente a su enemigo y obtener alguna victoria parcial, pero en la mayor parte de los casos acabará sucumbiendo debido a la falta de previsión y preparación. El Valencia, que tiene algunos buenos cargos directivos y excelentes trabajadores en su organigrama, muy competentes en sus respectivas parcelas, no dispone, sin embargo, de una figura-ancla que actúe en ese sentido y que, llegado el momento, verbalice el «hasta aquí hemos llegado» ante quien corresponda. Y esa es, a día de hoy, una de las principales -y más urgentes- carencias estructurales de la entidad de Mestalla.

Una vez más, nuestra historia nos marca el camino. Pensemos, por ejemplo, en el primero de los hombres apuntados por Lloret, Luis Colina. Este nombre, que quizá diga muy poco a las nuevas generaciones, es, sin duda, -aunque hoy en día no haya en Mestalla recuerdo alguno suyo- una de las figuras más importantes de la historia de la entidad, muy por encima de la mayoría de nuestras estrellas deportivas. La estancia del madrileño en Valencia, entre 1928 y 1956, transformó completamente el club. De ser una agrupación deportiva amateur con cierto poder regional, el Valencia pasó a ser uno de los grandes del fútbol español, tan temido como respetado. Aquel era otro escenario, sí, pero se partía de una situación mucho peor que la actual, en la que el Valencia hubo de enjugar una distancia de veinte años con sus rivales. El crecimiento del club en la etapa de Colina no se produjo por casualidad. El madrileño, uno de los hombres más importantes del fútbol español en el momento de su contratación, había sido presidente del Colegio Central de árbitros, secretario de la Federación e incluso seleccionador accidental. Conocía perfectamente, pues, el terreno que pisaba.

Su excelente olfato deportivo y astucia, su enorme ascendente entre los directivos federativos y sus inmejorables relaciones hicieron que desde su puesto de gerente fuera capaz de que el Valencia se ganara el respeto de todos. Su fichaje fue, pues, el primer paso para situar al Valencia en la cúspide del fútbol español. Como antiguo árbitro Colina fue, además, el látigo que permitió corregir las situaciones anómalas que afectaron a su club. El que, por ejemplo, consiguió la recusación o reprobación pública de colegiados que perjudicaron escandalosamente al Valencia (Fausto Martín o Gojenuri) o al Mestalla (Álvarez Corriols).

El Valencia habría de poner todo su interés en encontrar a su Luis Colina del siglo XXI. Necesitamos una figura que responda a ese perfil. Un nombre de prestigio, enérgico y competente que recuerde periódicamente en Madrid qué es el Valencia Club de Fútbol y lo mucho que pesan en el fútbol español su historia y su prestigio.