Las Provincias

PURA VIDA

El cochecito

Les confieso que prefería los tiempos en los cuales los señores no lloraban porque existía una prohibición tácita hacia las lágrimas derramadas por un hombre. Los hombres o no lloraban o sólo se permitían un par de lagrimillas cuando las grandes ocasiones o los trances fúnebres, y punto. Me gustaba aquel mundo repleto de pudor aunque asumo que ya nadie milita en esta nostalgia algo cascarrabias. Todo empezó con aquel primer Gran Hermano, con aquella primera Operación Triunfo. Cómo lloraban aquellos concursantes, ante un mínimo contratiempo. El lagrimón se instaló también en los terrenos deportivos. Esos futbolistas que, atraídos por la mejora de su sueldo, se despedían de su equipo de toda la vida lloriqueando ante los periodistas. La llantina se les disipaba rápido cuando se enfundaban la nueva camiseta, claro. Esos tenistas que gimoteaban al perder cuando una final, en fin. Una sociedad tan llorica como la nuestra no parece destinada a grandes cosas. La última demostración lacrimógena nos la ofreció Pedro Sánchez durante su despedida tipo coitus interruptus, pues el hombre amenaza con regresar tras sus viajes a bordo de su cochecito por las Españas, con lo cual espero que efectúe una parada logística de sabroso bocata en Motilla del Palancar cuando se acerque a Valencia. A Sánchez le venció la emoción unos segundos y se nos puso lloroso. La lágrima, por fin, desembarca en la política y se convertirá en normal, al tiempo. No lloró cuando sus sucesivos descalabros en las urnas, llora cuando le despiden, entre unas y otras vacaciones. Pero lo peor de la corriente quejosa y acuosa en nuestra política viene con la cantidad de gente encantada ante la demostración pues entienden que el llanto humaniza. Y dale. Yo quiero líderes eficaces, honrados, sensatos, no plañideras de mandíbula cuadrada.