Las Provincias

¿Quién vota a Donald Trump?

Dentro de nueve días los norteamericanos acudirán a las urnas en las elecciones presidenciales más extrañas que se recuerdan. Tanto la candidata demócrata como el republicano son muy impopulares y la pregunta que se formulan muchos ciudadanos es «¿no hay nadie más?». Pero vivimos en la era de las celebridades y las campañas alcanzan precios estratosféricos, dos elementos que explican cómo Hillary Clinton y Donald Trump se han convertido en los aspirantes a la Casa Blanca. El magnate neoyorquino ha roto todas las reglas de civismo y respeto y ha demostrado que carece de una mínima compresión sobre el funcionamiento de la democracia. Ha insultado a las mujeres, los miembros de distintas minorías, los discapacitados, los extranjeros y, por último, a su propio partido y a los medios de comunicación, en plena deriva conspiranoica. Confiesa su admiración por Vladimir Putin, quien intenta a través de distintos modos de favorecer su candidatura. Por fortuna, Trump no es capaz de controlar su gran ego, da igual que sus exabruptos y transgresiones casi 24 horas al día le hagan perder apoyos en las encuestas. Todo indica que el 8 de noviembre los norteamericanos optarán por el mal menor, aunque no hay nada garantizado.

La presidenta Clinton puede tener entonces la tentación de pasar página y dedicarse a preparar los dos primeros años de gobierno, decisivos para llevar a cabo la mayor parte de su programa. Pero hará bien en pararse, estudiar la América que no le vota y pensar cómo puede unir al país. Alrededor de sesenta millones de ciudadanos habrán optado por Trump, a pesar de que no ha dejado un solo charco por pisar. En este nutrido grupo figurarán casi un tercio de mujeres y un 25% de hispanos, a los que no les arredran las barbaridades proferidas contra ellos. Buena parte serán trabajadores de raza blanca, que se sienten perdedores ante la globalización económica o que rechazan la expansión de los programas federales de contenido social. Otros pertenecen a la clase media de los Estados del centro y del sur, conservadora y atemorizada ante el futuro. Sienten que el país está mudando de costumbres demasiado rápido y se apuntan al discurso anti-elites que ofrece soluciones sencillas y rápidas gracias a la entrada en escena de un hombre fuerte.

El antídoto ante este tipo de fenómenos populistas en ambos lados del Atlántico no es mirar para otro lado, sino comprender sus razones, el grado de manipulación al que se someten sus temores y sentimientos muy reales y combatir esta desafección con políticas y con cercanía a los problemas. Si no, volveremos en unos años a recordar a la periodista que confesaba ante la segunda victoria de Richard Nixon en 1972 que no conocía a nadie que hubiese votado por él. El republicano resultó vencedor en 49 de los 50 Estados del país.