Las Provincias

Presidente en diálogo

Mariano Rajoy obtuvo ayer la investidura para formar gobierno con el apoyo de 170 diputados y la abstención de 68 frente al voto en contra de 111 parlamentarios. Las circunstancias que han rodeado la investidura de Rajoy resultan novedosas para la política española. Es la primera vez que el partido llamado a ser la primera fuerza de la oposición propicia, con su abstención, la formación de un nuevo ejecutivo. La trascendencia del hecho ha podido quedar velada porque se ha producido a costa de la cohesión interna en el partido socialista. Puesto que siendo esto último muy importante no puede soslayar la apertura de un nuevo tiempo en el que la segmentación electoral y parlamentaria obligará a conjugar la confrontación política con la necesidad de asegurar el funcionamiento ordinario de las instituciones, sin que su bloqueo se convierta en un recurso legítimo frente a la necesidad de ofrecer alternativas en positivo. Salvado el trámite de investidura, a Rajoy y al PP corresponde ahora procurar los acuerdos necesarios para la estabilidad de una legislatura que sea lo más fructífera posible. Hasta cierto punto es comprensible que el candidato a la presidencia del Gobierno esperase a que las posiciones de los demás grupos fuesen decantándose antes de decidir postularse a la investidura. Pero tal actitud no puede proyectarse en la acción de gobierno. No debe hacerlo Rajoy, que ayer «reclamó» a la Cámara un gobierno de mayoría suficiente para dar sentido a la investidura, cuando corresponde al investido labrar la estabilidad. El presidente ha de mostrarse proactivo en desarrollar el compromiso de 150 puntos alcanzado con Ciudadanos y ha de extender la mano para el máximo entendimiento con las demás fuerzas políticas. Mariano Rajoy se refirió ayer a los compromisos con Europa y a las reformas impulsadas por él frente a las pretensiones del cambio, como si los primeros no pudieran cumplirse de diversas maneras sujetas al diálogo y a la negociación, o como si las segundas fuesen indiscutibles en cuanto a sus resultados. España se adentra en una legislatura compleja que puede volverse además difícil si los partidos representados en las Cortes se resisten a adecuar sus actitudes a las del nuevo tiempo. Bien porque Rajoy y el PP consideren revalidada su trayectoria pasada, sin más. Bien porque los partidos que se sitúan en la oposición -PSOE y Podemos- se encelen en una pugna estéril e inconveniente para el país.

Socialismo sin equívocos. Las diputadas y diputados socialistas se mostraron ayer divididos entre la abstención, la 'abstención por imperativo' y el 'no' de 15 parlamentarios, entre ellos los 7 del PSC. Horas antes Pedro Sánchez había renunciado a su escaño, anunciando su propósito de visitar las agrupaciones del partido. El desgarro socialista es tan sangrante que, por sentido democrático, el PSOE merece un margen de respeto por parte de los demás grupos, por mucho que Podemos o ERC vean en esa crisis una ventana de oportunidad. Pero corresponde a los propios socialistas superar sus diferencias domésticas cuanto antes y de manera solvente, de modo que puedan recuperar la credibilidad dilapidada estas últimas semanas. El recurso a soluciones disciplinarias por parte de una comisión directiva en funciones no sería probablemente el mejor camino para restablecer la entereza perdida.