Las Provincias

La hora

Tu creías haberlo visto todo, pero qué va: aquí queda mucho por tragar... Ahora mismo, a estas alturas de la senectud, cuando ya has atravesado el desierto de un año sin gobierno, el destino te permite ver cómo las autonomías españolas se atomizan, se disgregan, también, a causa de la hora. Por la maldita hora de ese reloj que ya nadie usa, por la hora que todos llevamos, automática y de satélite, en el teléfono.

España, mi pobre España: no es que nos robas a los periféricos, no es que nos tienes sin lluvia; es que de ti, España, ya no queremos... ni la hora. Empezó a insinuarlo Galicia, en la parte de allá, y se ha apuntado Baleares, hace poco, desde la punta de acá. Y al presidente Puig le ha faltado tiempo para inscribirse en la lista de las regiones que quieren una hora distinta de la de Madrid.

-- Buenas noches: son las diez. Las nueve en Canarias, las once en Baleares, las diez y media en Cataluña y la Comunidad Valenciana... las diez y diez en el Rincón de Ademuz.

Dicen algunos maliciosos que todo es una estrategia de Puig y de la señora Munar para eludir la difícil papeleta que tienen a la hora de explicar sus decisiones sobre la investidura de Rajoy. En las islas aseguran que «no es no» incluso para la puesta del sol, y en la calle de Caballeros, dado que no tenemos problemas de mayor importancia, ya no saben si quedarse con la hora separatista mallorquina o esperar a ver qué hace Puigdemont con los relojes, único asunto sobre el que, por lamentable olvido, no han anunciado la secesión. Pero sí, hablaremos pronto de «l'hora dels Paisos Catalans», incluso puede que nos cambien la forma de expresar la hora -«dos quarts d'onze, un quart i deu de dues»- porque se trata de darle vueltas a cualquier carrete menos abordar el asuntos serios: la natalidad, el empleo, las pensiones y los recortes.

Lo hará Rajoy, qué se le va a hacer. El entendimiento de Estado llega con varios años de retraso, pero ha llegado. Volvemos a un necesario bipartidismo con el entredós de Ciudadanos. Y el PSOE se salvará de la quema porque Rajoy, sin ganas, se lo ha echado también a la espalda, como todo lo demás: desde intervenir una autonomía en bancarrota como la nuestra, a darle más y más deuda. Don Mariano, el estafermo, el aburrido tentetieso capaz de decir lo mismo un año seguido, ve ahora que todos los demás partidos nadan en crisis. Pero, si hace falta, se prestará incluso a sacar a Puig del enviscamiento en que Podemos y los nacionalismos le tienen preso, que todo se verá cuando este largo asunto termine, felizmente como se espera: con una reforma de las leyes laboral, electoral y de educación, una más justa financiación autonómica, una Cataluña sobrellevada y una Constitución donde haya un mecanismo más inteligente y práctico para investir presidentes de Gobierno.