Las Provincias

Contra la hipertrofia normativa

Cuando Solzhenitsyn fue invitado a Harvard para pronunciar el discurso de graduación en el año 1978, nadie esperaba que el famoso disidente ruso pronunciara un discurso crítico con Occidente. El premio Nobel de literatura llevaba ya dos años viviendo en Estados Unidos, y era mundialmente conocido por sus críticas al sistema soviético. Con estas credenciales, se daba por hecho que el escritor ruso haría un discurso crítico con esos sistemas, ensalzando la libertad de que disfrutaba en Estados Unidos.

Pues bien, nada más arrancar, Solzhenitsyn señaló que, habida cuenta de que estaba en Occidente, en lugar de criticar el sistema soviético prefería subrayar aspectos de la cultura occidental que, a su entender, apuntaban a una crisis de civilización. Y pronunció un discurso enormemente crítico con Occidente y Estados Unidos, a los que expresamente acusó de formar personalidades banales y superficiales, obsesionadas por el consumo y ajenas a los problemas más profundos de la humanidad. El discurso fue acogido por la audiencia con una buena dosis de sorpresa, cuando no indignación, que se manifestaron incluso en abucheos en algunos momentos de la alocución.

Curiosamente, entre los síntomas de decadencia mencionados por el escritor ruso, se encontraba la excesiva confianza en el Derecho, en la Ley. Sin dejar de subrayar que el Imperio de la Ley es una conquista preciosa, Solzhenitsyn criticó la ingenuidad de quien piensa que tan sólo con la ley se puede construir una sociedad mejor.

Las palabras de Solzhenitsyn me parecen de una gran actualidad. No cabe duda de que un ordenamiento jurídico justo es necesario para ordenar la convivencia y crear el marco en el que los individuos pueden desarrollarse con libertad. Sin embargo, hay ciertas realidades, imprescindibles para vivir en sociedad, que no pueden ser impuestas ni garantizadas por el Derecho: las convicciones, los principios, las virtudes ciudadanas, la buena educación, la amistad. Y estas realidades son las que hacen habitable y humana una sociedad.

¿Puede una norma obligarme a respetar a quien no piensa como yo? ¿Se puede exigir por Ley la deferencia hacia las personas mayores? ¿Cabe imponer por decreto la hospitalidad con los extranjeros? ¿Se puede exigir el cariño, la buena educación, la disposición amistosa hacia el otro? La respuesta es no. Con el Derecho no basta.

Frente a muchos problemas que hoy afrontamos como sociedad, muchos miran a los políticos y a los Parlamentos en busca de soluciones. Y claro, un país con más de una docena de Parlamentos -más de mil parlamentarios que han de justificar su sueldo- tiene una capacidad gigante de aprobar normas. Pero la ecuación: «más normas = mejor sociedad» no cuadra. En efecto, la hipertrofia normativa que padecemos no se corresponde con una mejor convivencia.

Veamos tres ejemplos en los que el Derecho se muestra impotente para establecer un clima de respeto entre las personas y cooperación en el bien común.

El primero tiene que ver con el respeto a los símbolos religiosos. Quizá mi libertad de expresión me permita mofarme públicamente de un credo o sus representantes, o blasfemar públicamente. Ahora bien, por mucho que sean legales, estas manifestaciones de libertad de expresión son atentados graves contra cosas que para otras personas resultan sagradas. Aunque el Derecho quizá me permita hacerlo, mi sentido de ciudadanía, mi respeto hacia el otro, debería erigirse como límite a mi libertad de expresión. No se trata de prohibirlo, de pedir al legislador que incluya un nuevo tipo penal. El Derecho no puede regularlo todo. De lo que se trata es de educar personas respetuosas con los demás, independientemente de la letra de la ley.

Un segundo ejemplo tiene que ver con el pluralismo en las televisiones públicas, a lo largo y ancho de la geografía nacional. A pesar de contar con sistemas de garantía del pluralismo que se han demostrado eficaces en otros países, en estos pagos muchas veces los sistemas no funcionan. Y ello no porque las normas estén mal hechas, sino porque los gobernantes de turno consideran que la televisión pública está a su servicio, y siempre encuentran formas de sortear las exigencias legales. Se respeta la letra de la Ley, pero se burla su sentido original, con informaciones sesgadas y programaciones demasiado institucionales.

En tercer lugar, me gustaría mencionar la lacra cobarde de la violencia contra las mujeres. Sin ser un experto en la materia, basta conocer los datos de las víctimas por violencia machista de los últimos años para concluir que las medidas legislativas para endurecer las penas y acabar con esta lacra no son suficientes.

Concluyo. Soy jurista, y tengo un gran respeto hacia el Derecho, como herramienta para ordenar las relaciones sociales. Pero pienso -con Solzhenitsyn- que no debemos pedir al Derecho aquello que el Derecho no puede dar. Conozco personas que piensan que la corrupción puede evitarse con la aprobación de normas. Que el pluralismo en las televisiones públicas puede garantizarse mediante una buena regulación. Que el respeto al disidente, al diferente, al emigrante, depende de buenas políticas públicas. A mi parecer, se equivocan. Ante urgentes problemas sociales resulta consolador mirar a los Parlamentos exigir regulaciones, pero no es eficaz. Los problemas profundos de una sociedad no se arreglan con páginas del BOE, ni a golpe de sentencia judicial. Junto con normas y sentencias, dichos problemas exigen fundamentalmente un cambio de actitud en las personas. Y esos cambios no se imponen con normas. Se inspiran con el ejemplo, con historias, con referentes y con buena educación.

Más que una hipertrofia normativa que asfixia a los ciudadanos, y que a la larga es ineficiente, necesitamos personas ejemplares. Que cumplan las leyes, por supuesto. Pero que no se conformen con eso. Personas, ¿cómo explicarlo?, como Solzhenitsyn.