Las Provincias

NO SOMOS SU 'LEBENSRAUM'

Para el nacionalsocialismo, el 'lebensraum' de Alemania, su espacio vital, se situaba hacia el Este de Europa, es decir, hacia la Unión Soviética. Repartida Polonia entre Hitler y Stalin en 1939, y una vez conquistado el Oeste (Bélgica, Países Bajos y Francia) en 1940, estaba claro que el siguiente paso para construir el III Reich de los mil años era la guerra contra el Ejército rojo. Los 17 millones de kilómetros cuadrados de la entonces URSS (para hacernos una idea, treinta y cuatro veces la superficie de España) constituían la gran aspiración de aquella locura que arrastró consigo a millones de alemanes. Ni que decir tiene (no hay más que recordar lo que ocurrió) que los nazis no querían su 'lebensraum' para implantar un régimen de igualdad y prosperidad, de respeto a los derechos humanos y de ampliación de las libertades individuales y colectivas. Nada más lejos de la realidad. Consideraban a los eslavos seres inferiores, poco menos que animales, a los que había que mantener con vida sólo para que sirvieran a sus señores, mientras que los judíos, los miembros del Partido Comunista, los homosexuales y los gitanos directamente eran asesinados o trasladados a campos de concentración para su exterminio en masa. Rusia era, para entendernos, las colonias africanas de las potencias occidentales, una tierra en la que todo valía, para ellos, y en la que la vida de los nativos carecía de cualquier valor, un inmenso solar en el que cabía todo, desde las granjas para abastecer a los alemanes hasta las fábricas en las que construir su armamento y sus utensilios, un territorio que aseguraba la supervivencia de un imperio que se pretendía único en el continente, mientras Japón se apoderaba de Asia y se suponía que Estados Unidos haría lo propio con América, antes o después.

Salvando las obvias distancias, Valencia, qué pena, es el 'lebensraum' de Madrid y de Cataluña, la tierra de promisión, el puerto y la playa de unos, el Levante feliz donde solazarse, el complemento imprescindible del proyecto soberanista de los otros. Molestan, eso sí, los valencianos, sobre todo cuando se ponen gallitos y dejan de ser simpáticos. Esta semana hemos tenido ocasión de comprobarlo, la alegría en la meseta, el caso que le han hecho al Valencia, que ni cuando ganó las dos ligas le dedicaron tanto tiempo, la rabia, el estupor y la indignación en los vecinos del Norte, que no acaban de comprender el trato de Mestalla ahora que vamos a ser hermanos, que su presidente es recibido como un héroe en el Palau, que los blaveros que clamaban porque «mos volen furtar la paella» están quietos, callados, colocados. Nos quieren todos, sí, pero serviles, dóciles, complacientes, sumados a la causa. Déjenme que les diga una cosa: no nos quieran tanto.