Las Provincias

El potroso

Pablo Iglesias siempre está potroso. Es como esos niños quejicas y protestones que no tienen motivo pero lloran y lloran sin parar. Por los dientes, por el sueño, por el flato o porque va a llover. El caso es no parar. En una de esas, tanto quejarse, tanto quejarse, se le escapó. Sin apenas calcularlo dijo que Podemos era consecuencia de la crisis. Lo hizo para remarcar el descontento de muchos (en su letanía habitual): parados, mujeres, discapacitados, estudiantes, dependientes, etc. Con ese argumento quería evidenciar que el PP tenía la culpa de todo. Es cierto que los recortes han resultado durísimos e incluso han convertido en vulnerables a quienes no lo eran antes de la crisis. Ahora bien, al intentar atacar a Rajoy con las consecuencias de su política, anunció su propia extinción. Si Podemos nace del descontento producido por la crisis, su formación tiene fecha de caducidad. En cuanto nos recuperemos del bache, no tiene razón de ser. Quizás sea ese uno de los factores que ha hecho pinchar a su partido, aunque lo disfrace de unos datos de ascenso meteórico en los últimos dos años. Es cierta la subida frenética pero también lo es el frenazo en seco, las tristes perspectivas de futuro y el rechazo al extremismo que parece no aceptarse bien en España.

Además, reconocer que nace por el enfado de los ciudadanos significa ser consciente de que su programa no es propuesta sino rechazo. Su elección no es una mirada de futuro sino un voto de castigo a los artífices de una situación tan difícil. Y en el momento en el que la economía mejore, la papeleta se irá hacia quienes hacen discursos propositivos y no solo correctivos, llenos de censura y crítica descarnada.

Quizás desde esa clave pueda entenderse el éxito del PP a pesar de todos los pesares. Si hay más actividad económica, si los nubarrones de la crisis han pasado, si se anima el mercado laboral y si lo que prometen los seguidores del Niño de las Coletas es solo recriminación y grandilocuencia en tono sepia, los ciudadanos prefieren a quienes dicen sacarnos del pozo. La diferencia entre los partidos clásicos y los nuevos puede ser la perdición de estos. Alegar que el bipartidismo tradicional nos hurtó capacidad de decisión tiene un efecto inmediato pero reducir la nueva fórmula a protestar en una barricada frente al Congreso elegido en democracia no convence. Criticar a quienes se han llenado los bolsillos exige cumplir con quienes le pagan a uno, pues no son sus votantes sino todos los ciudadanos. A Iglesias le incomodan los parlamentos. Cuando llega a uno, sea europeo o español, acusa a sus miembros de ilegítimos y da un portazo. Es la ventaja de las barricadas, donde no hay etiqueta ni turnos de palabra ni normas que cumplir. Hay pancarta, como acusaba Rivera en el debate de investidura, tuits y eslóganes, no argumentos, serenidad y propuestas. Rodear es mucho mejor que debatir. Dónde va a parar.