Las Provincias

LA PLAZA DE LA TÓMBOLA

Ya no estaba 'La Isla de Cuba' pero estaba 'Viuda de Miguel Roca'. Donde vendían tocadiscos inalcanzables para los estudiantes y lo último de Elvis Presley. La plaza de la Reina de los cincuenta había pasado por un concurso pero en los sesenta seguía igual, avanzando sin prisa hacia su destino final, que no era otro que la Catedral.

Los mayores te decían que la calle de Zaragoza, antes, tenía dos aceras. Pero era difícil entender cómo era posible que el tranvía circulara por aquel desfiladero de tiendas entoldadas, para girar, abruptamente, a los pies del Miguelete, un lugar estratégico donde recuerdas a un guardagujas, un semáforo humano que daba paso a los convoyes. La calle angosta -supiste luego- es la que explica la forma ondulante de la fachada barroca de la Catedral.

Pero la plaza avanzaba a empujones de la gente. Los expertos decían que no, los concejales dudaban siempre, pero la gente quería ver el Micalet, espigado y guapo, desde Casa Singer, el último vestigio de la plaza triangular y estricta que tuvieron los abuelos, con el casalicio parisino de un reloj. Hubo un estanque. Pero antes recuerdas excavaciones en las que el profesor Miguel Tarradell identificó como moneda visigoda lo que un obrero le dijo que era «una chapa de chorizo que acaba de salirme de ese agujero». Valencia romana, ciudad visigoda y profundos boquetes con maleza y cantar nocturno de ranas. Hasta que un día, don Marcelino Olaechea, el arzobispo, empujado quizá porque en la plaza de la Virgen también se estaba ganando espacio a base de derribos de casuchas, decidió trasladar la Tómbola Valenciana de Caridad a un nuevo emplazamiento.

Se sorteaban bicicletas y muñecas, y el asunto llegó a mayores cuando se puso en juego una moto Ossa y hasta un Seat 600. Pero los chavales lo que querían era ir a la Tómbola, en dos estadios de edad distintos, en busca de cosas bien diferentes: primero, en la fase boba, a recoger del suelo los cromos con vistas de la ciudad que tenían que alimentar el álbum; y después, en la fase menos boba, a echar el ojo a las niñas de los colegios que vendían los sobres sorpresa de don Marcelino. Así es que aquello era una romería de escolapios en busca de escolapias... o de Jesús y María, Loreto, las Esclavas o lo que hubiera voluntario en el enorme mostrador de ventas.

Consuela saber que el arzobispo levantó barrios enteros con los ahorros y sisas de los estudiantes. Porque esa era la vocación primordial de la Tómbola, las casas para obreros, los pisos baratos para damnificados de riadas y desastres sociales. La idea de un hombre -eso lo supiste luego- que como salesiano sabía lo que era un jornal y se las tenía muy tiesas con las autoridades del Régimen, por muy falangistas que fueran.

La plaza se fue dibujando sobre el dédalo de callejuelas y casitas, al compás de los alcaldes del franquismo, hasta que en 'Viuda de Miguel Roca' aparecieron los Beatles y Bruno Lomas y a la plaza le pusieron una fuente grande, circular y la bautizaron con el nombre de Zaragoza. Siempre se dijo que el alcalde López Rosat no era muy de reinas, y menos de doña María de las Mercedes, la pobre.

Sin Tómbola ya, la instintiva búsqueda de los chicos y las chicas se trasladó a la calle de la Paz, donde se ajustaban los 'guateques' dominicales de acera a acera, entre joyerías y agencias de viaje. Mientras tanto, la plaza creciente llegó hasta su límite natural y en 1970 albergó el primer estacionamiento subterráneo de coches. La polémica ciudadana se redujo a «esa fea casa de la esquina», que tapa la visión completa, integral, de nuestro icono sagrado, el Micalet, que es, si ustedes me lo permiten, el tótem de esta tribu de indios sentimentales.