Las Provincias

PURA VIDA

PAYASOS CATÓDICOS

Era un televisor achaparrado, gris y feo. Lo compramos en Ceuta en el bazar de un hindú y el asa que coronaba su lado superior lo convertía en 'portátil', o sea en el colmo de lo moderno. Yacía sobre la nevera de la cocina y su fina antena extensible podía asaetar la polilla más rebelde. Se convirtió en nuestro compañero durante las meriendas de pan con chocolate duro.

Inolvidable esa tarde durante la cual unas llamas azulonas emergieron tímidamente desde una esquina del trasto. «¡Mamá mamá, la tele se quema!», gritamos mi hermana y yo. Mi madre arrojó vasos de agua contra su sesera mecánica y el incendio cesó. Lo gracioso fue que... el televisor siguió funcionando. Hombre, los caretos de los presentadores aparecían algo congestionados, pelín descoyuntados, pero en aquella época de blanco y negro y escasos caprichos esa tara se asumía con normalidad. Ahora que la tele cumple 60 años recuerdo el primero impacto catódico que volteó las mentes de la gente (ah, la gente) de mi generación: los payasos de la tele con los originales Gaby, Fofó y Miliki. Qué buenos, aquellos tipos, sobre todo Fofó. Y qué decir del señor Chinarro. Mítico, aquel calvo propenso al berrinche. Tampoco podíamos imaginar en aquel entonces que nuestro último shock catódico andaría también emparentado con el humor. El círculo se cierra. Sí. Aunque todo degenera, claro. Ahora nos divertimos con el circo de Iglesias, Errejón y Bescansa. Que si exhiben a un bebé, que si se besan mediante sutil piquito entre hombres, que si se disfrazan con camisetas, que si esgrimen puño amenazador, que si se levantan en plena sesión y se van pero luego regresan al minuto, que si ríen y luego fruncen el ceño. Un no parar, lo de estos nuevos clowns que todavía no han alcanzado el virtuosismo del siniestro maquillaje de los payasos diabólicos.