Las Provincias

Un orador con flow

Al margen de discusiones bizantinas; de grescas infantiles; de papelones y escenas de telefilm insufribles, el Parlamento español nos ha hecho grandes regalos y no solo legislativos, que también. Me refiero a esos momentos de tensión, debate, réplica y contrarréplica que nos divierten sobremanera a los frikis de la retórica entre quienes me incluyo. Si no fuera por la vida parlamentaria, nos habríamos perdido a ese gran tertuliano que es Mariano Rajoy. ¿Lo han pensado? Rajoy nunca ha participado en tertulias de radio o televisión como sí hacen otros de sus correligionarios. Él siempre ha acudido a espacios de ese tipo por ser presidente del gobierno, ocupar algún ministerio o ser jefe de la oposición pero no, como vemos en otros, por ser un tipo al que le guste pasearse por distintas emisoras a discutir de esto, lo otro y lo de más allá. Por eso, precisamente, siempre he pensado que Rajoy era una pérdida para el gremio y sus aficionados. Solo el Congreso nos permite disfrutar de sus chascarrillos, de su afilada lengua en la respuesta, de su agilidad mental y de su finura socarrona en diferido al más puro estilo de la tierra de meigas y queimadas. No puedo evitarlo pero me rindo ante su habilidad en el combate dialéctico. Podrá ser discutido, odiado, cuestionado por unos y por otros, podrá equivocarse mil veces y haber mirado hacia otro lado cuando era necesario gobernar, pero no se puede dudar de que da mucho juego en las sesiones del Congreso y más aún desde que tiene enfrente a Pablo Iglesias.

Con el PSOE de Sánchez o, ahora, Hernando, es tal la inquina mutua que el diálogo es amargo y molesto. Se toman demasiado en serio por ambas partes y saben que tienen que mantenerse firmes en una posición institucional que produce cierta rigidez. Con Rivera no hay altura. Ni física ni de la otra. Rivera tiene muy buena voluntad pero pocas dotes para la oratoria. Siempre parece estar en primero de Erudición, practicando con cierta torpeza los ejercicios iniciales de «mireusté», de «como decían nuestros padres fundadores» y de «parafraseando a Montesquieu». Sus discursos suenan a becario de político en prácticas. No está mal pero le falta chispa, giros propios, innovación y bagaje. En cambio, el debate Rajoy-Iglesias es de palomitas y refresco en el sofá. Incluso de cerveza y bravas en el bar. Son dos grandes tertulianos debatiendo frente a las cámaras (con mayúscula y minúscula) con pasión, con requiebros, con sorna y con mucho flow. Así como se dice de un rapero que tiene flow porque compone y rapea con estilo, ritmo y swing, Rajoy e Iglesias discuten con flow. En una palabra, fluyen. Es cierto que Iglesias tiende a un tono más agresivo sin necesidad, pero Rajoy nunca pierde la compostura ni se altera aun cuando esté diciéndole al oponente que no quiere ver un gobierno suyo ni en una serie zombie de madrugada. Es, hoy por hoy, el mejor monologuista del Congreso.