Las Provincias

MARCADOR DARDO

Elogio de la sencillez

Para compensar el mal de altura hay que volver a la acera. Solo se puede ser sublime desde la sencillez. Al universo de Juan Roig hay que atribuirle, al menos, dos beneficios. El primero es que consiguió que buscar la economía del producto y la austeridad en los precios dejara de ser un estigma. El segundo, su capacidad para identificar la sencillez, dándose cuenta de que a veces lo mejor lo tenemos rozando los dedos

La sencillez puede ser una máquina de zumo de naranja natural, una botella de plástico, tapar y enroscar. O acondicionar un sendero en el cauce del río que transforma la experiencia de correr. Los demás estamos en lo mismo de siempre. En el sentido y la simbólica de esta o aquella plaza, en la obsesión por el centro de la ciudad, como si aún estuviéramos en la época del Marqués de Sotelo, el Marqués de la ‘Picola’, cuando Javier Goerlich y la desaparición de la Baixada de Sant Francesc, y la apertura de la Avenida María Cristina, consolidaron el nuevo centro para la ciudad.

Si pesada era la tiranía del monumentalismo de los eventos, pesado es que no salgamos de ese viejo debate. Valencia es mucho más, y los que venimos, y somos, a mucha honra, de la periferia de la ciudad también reclamamos que Valencia proyecte su atención sobre otros aspectos. Cuando veo la Lonja, el Mercado Central y los Santos Juanes estoy convencido de que es difícil añadir más belleza. Cuando sigo el recorrido de la línea 5 de la EMT evoco que el antiguo itinerario de las murallas podía haber sido, a falta de bulevares, nuestro Ring como en Viena.

A Valencia la hemos querido rellenar de atractivos adicionales cuando solo había que adecentar lo existente. Lamento que Valencia no cuide esas decenas de muestras de arquitectura amable de la Ley de Casas Baratas, las de los chalets de los periodistas, el barrio de la Aguja, las casas del Camí Fondo del Grau... Cada barrio de Valencia, Benimaclet, Patraix, Orriols, el Jardín de Ayora, la Carrera de Sant Lluís, mantiene, escondidas, muestras de esas casas adosadas, de arquitectura modesta, que se mantiene a duras penas, mientras sobrevive el pequeño taller, la guardería o el casal de la Falla.

La Valencia popular está trufada de muestras de otra ciudad equilibrada, y amable, y de personas, mientras la agenda pública le da la espalda y continúa con la centralidad de la plaza. Nos sorprendería saber qué es lo que buscan y aprecian los que nos visitan, y no creo que sean los grandes espacios de las plazas. Pensando en la sencillez, inventaría un concejal o asesor de las cosas que no hay que tocar demasiado. No hace falta mucho. Dos sillas, una libreta y un bolígrafo. Alguien que escucha y otro que propone. Estoy convencido que por cada cien ideas hay una austera, fácil de realizar y sin penalidades para los vecinos. El concejal de cómo no se nos había ocurrido antes. Zumo, botella, tapar y enroscar. Los Jardines de Viveros de mi infancia y la de mis hijos, que mueren sin remisión.