Las Provincias

PURA VIDA

Aprobado general

No recuerdo los motivos, qué voy a recordar, pero en aquel curso de mi segundo de BUP estalló una huelga de profesores que nos alegró mucho a los alumnos porque matábamos las horas jugando en el patio con el balón. ¿Se apuntaron todos a la huelga? No. Nuestro catedrático de física y química, un hombre al borde de la jubilación, educado, trajeado y de recortado bigote blanco a lo Sazatornil, siguió imperturbable con sus clases. No tenía alma de huelguista, aquel hombre honrado que intentaba desasnarnos. Finalizada la huelga, a los enseñantes huelguistas les descontaron parte del sueldo. Debido al mostrenco fárrago burocrático que jamás se fija en el detalle y empitona a mogollón, a nuestro catedrático de física y química también le mermaron su paga. Aquel hombre, de natural pacífico, agarró un berrinche radioactivo y soltó durante su clase una frase inolvidable que se me grabó: «Ante el injusto atropello al que me han sometido, este año tenéis todos un aprobado general». Nos levantamos y le aplaudimos. El aprobado general sin pegar palo al agua supone la bicoca que la mayoría de los estudiantes que no estudian desean. El aprobado general, no nos engañemos, es lo que también pretenden buena parte de los alumnos de hoy y de sus protectores padres. Lo de la bronca a costa de una reválida raquítica, suave, facilona, no es sino otro ariete contra el gobierno que, de paso, vindica la aspiración de una sociedad blanda y papanatas, la del aprobado general. Para evitar tumultos y manifas basta con regalar títulos, así todos contentos y todos ingenieros, médicos y arquitectos. Hemos creado un tinglado absurdo y mequetrefe donde cualquier pequeña evaluación, reválida, selectividad o prueba adquiere contorno de vil agresión fascista. Venga, qué importa, aprobado general y cortoplacista felicidad.