Las Provincias

PURA VIDA

DE DOMINGO

Durante mis vacaciones infantiles allá en el pueblo todavía conocí la manía de las madres de mis nuevos amiguitos por disfrazarlos de repollo principesco cuando llegaba el domingo. Les vestían «de domingo», que se decía, y así les metamorfoseaban en criaturas rancias de ojos tristes. Me asombraba la sumisión de mis compañeros al aceptar resignados aquel trance. Les recuerdo luciendo picajoso pantalón de tergal con la raya bien planchada y camisa como de primera comunión, repeinados y perfumados a tope. Ese día no jugábamos a nada porque no podían manchar o romper esas prendas bajo la amenaza del bofetón materno. Ya era una jornada triste, el domingo, incluso en aquel tiempo. El diputado Baldoví se nos endomingó el otro día cuando su visita al Rey. Iba de domingo total. Incluso de domingo de boda, luciendo ese aire de feliz pastelero que matrimonia dulzón a su hija y de paso convida a bollos merengosos a todo el pueblo para que se perciba la azucarada felicidad que corroe a la familia. De hecho lo ha confesado: es el traje que gastó para la boda de su hija. Me lo creo. Los que no solemos emplear traje a diario segregamos perfil extraño al embutirnos en semejante uniforme. Los futbolistas trajeados homenajean el mal gusto por su afán de ir a la última moda, detalle que revela nula personalidad, y porque se compran el maniquí entero, de ahí su aspecto robótico, aséptico, tontín, blandurrón. El diputado Baldoví lució un fachón de burgués estupendo junto al monarca. Demarró su singladura política-peleona con numeritos de camiseta allá en su escaño y evoluciona hacia el traje de bodorrio para estrechar la mano del Rey. Sin embargo, y pese al traje, ni él ni sus compañeros condenan la agresión sufrida por dos guardias civiles en Alsasua frente a la turbachusma batasuna. El traje no hace al monje.