Las Provincias

¿Tan difícil era?

Decíamos ayer -hace tres meses justos, para ser exactos- que «una abstención no es un apoyo, ni mucho menos implica complicidad. Ni tan siquiera simpatía. Una abstención no es sino la constatación de que las urnas han arrojado un veredicto al que si no es políticamente asumible sumarse, tampoco es democráticamente aceptable resistirse. La constatación, en suma, de que otro tiene mejores cartas y no es momento de perder ni el tiempo, ni el dinero ni la vergüenza».

Algo -diría yo- meridianamente claro para cualquiera que mire en su derredor sin ofuscamiento. Pero aun así, al Partido Socialista le ha costado tres meses darse cuenta de que, en las presentes circunstancias, ésa era la única alternativa lógica para salir de la que sin duda es -con la obvia excepción del 23F- la tesitura mas compleja por la que nuestro parlamento ha tenido que pasar desde los días de la transición. Tres meses. o tal vez algunos más: porque al fin y al cabo, escaño arriba o escaño abajo, las piezas del ajedrez de la política española siguen ahora colocadas tal y como los electores las dejaron el 20D.

Lo peor de todo esto es que en el entretanto los españoles hemos perdido mucho tiempo, nuestras instituciones buena parte del prestigio que les quedaba, y el Partido Socialista los últimos restos de su ya maltrecha vergüenza. Y de propina, algo tan precioso como su unidad interna, quebrada por la creciente desconexión entre sus bases y sus dirigentes territoriales, y entre éstos y los de rango nacional. Y todo, repito, para acabar hilando a trancas y barrancas un discurso -el de la abstención como mal menor- que hace diez meses era tan lógico y tan inevitable como ahora, y que de haberse querido explicar con el sosiego necesario, nos habría ahorrado a todos muchas noches de insomnio.

Pero también -no lo perdamos de vista- para acabar colocándose en una posición de la que a la postre va a poder extraer interesantes réditos políticos. El del Partido Popular va a ser un gobierno en minoría, sustentado en un pacto con Ciudadanos firmado en medio de un océano de desconfianzas, sujeto con alfileres, y que ni siquiera en el mejor de los casos le garantizará la mayoría absoluta. Va a ser, por tanto, un gobierno altamente vulnerable, frente al que los partidos de la oposición van a disponer de una enorme capacidad de acción y numerosas oportunidades de triunfo. Y pese a lo que digan desde Podemos, el PSOE va a seguir siendo el principal partido de esa oposición, tanto más si la formación morada se empecina en recorrer ese el camino de vuelta al monte que parece haber ordenado su Amado Líder.

Ser derrotado nunca es un plato de gusto. Pero aceptar las derrotas, aprender de ellas y sacar de las mismas el máximo provecho debería ser parte esencial de la cultura política de nuestros partidos. Y aquí y ahora, parte fundamental de la estrategia de futuro del Partido Socialista.