Las Provincias

Cenizas prohibidas

Al «Prohibido prohibir» del Mayo del 68 le ha salido un corolario medio siglo después. Ahora la prohibición sigue produciendo urticaria pero según y cómo. Prohibido prohibir. según quién lo haga. La prueba es la reacción que algunos han tenido cuando han visto que el Papa aprobaba un documento que prohibía esparcir las cenizas de un difunto o tenerlas en casa. Para ellos, al margen de qué decía, por qué lo hacía y a quién se dirigía, lo imperdonable era que el Papa prohibiera algo.

No han faltado voces que han puesto el grito en la columnata de Bernini solo con la palabra «prohibir». Que si no es tan progre como se dice; que si quién se ha creído él para prohibir nada; que si cómo se atreve la Iglesia a seguir prohibiendo en estos tiempos. Es curiosísimo asistir a tamaña explosión de prejuicios, sobre todo, teniendo en cuenta que la prohibición ni es cosa de progres o carcas, ni es impropio de quien gobierna ni es osado en estos tiempos. El mismo paradigma del anarquismo feliz con su «Prohibido prohibir» desmiente ese carácter poco progresista de quien lo hace. En realidad es un oxímoron, es decir, es una expresión que se contradice. Si no se puede prohibir tampoco se puede prohibir que se prohíba.

Por otra parte, hay que preguntarse cómo calificamos a quienes, en nombre de la laicidad, prohíben a sus concejales acudir a actos religiosos. ¿Acaso no son progres porque impiden tajantemente un comportamiento determinado? No es de progres o de carcas imponer unas reglas. A veces, es imprescindible. En ese sentido, las autoridades civiles nada sospechosas de estar a las órdenes del Santo Oficio prohibieron hace mucho que se tiraran no ya las cenizas sino las urnas al mar porque no suelen ser biodegradables, destruyen el ecosistema marino y acumulan desechos en un espacio natural. Y aún más, en Austria o Alemania se impide tener cenizas en casa y no es una prohibición religiosa -la comparte también la siempre laica Francia- sino una norma medioambiental que vela por evitar la toxicidad de los lugares públicos donde se puedan abandonar esos restos pasado un tiempo. Así lo explica la propia Instrucción publicada por la Santa Sede. Uno de sus objetivos es favorecer el recuerdo y la oración e impedir que una segunda o tercera generación se deshaga de las cenizas de un tatarabuelo que molestan en casa sin pensar en lo que significa. Todos esos principios rigen para el creyente. La Iglesia no obliga a un ateo a enterrarse, ni le impide reducirse a cenizas y a esparcirlas por donde quiera. La Instrucción recuerda a sus fieles que un católico no actúa siempre como lo hace un no católico y a nadie puede extrañar que así sea. Lo que pretende la Iglesia es mantener el respeto por los difuntos y huir de toda frivolización en torno a los restos de los seres queridos. Y recordar que, para un creyente, el cuerpo no es un envase que reciclar sino el continente del alma.