Las Provincias

Mi tessooroo.

Apreté la mano para no perderlo entre la marabunta que abarrotaba la calle y para transmitirle mi electricidad también. Lloviznaba aunque hiciera calor. Yo lo miraba de poco en poco. Vino la noche a las siete y diez y llegamos al sitio. El drama empezó hará dos semanas, le dije a la señorita del mostrador, cuando amaneció sin luz interior, apagado. Entonces le acerqué los labios con cuidado, seguí explicando, para comprobar si estaba caliente, a veces una subida de temperatura es indicativa de que algo va mal, pero no era el caso. Tampoco ha sufrido ningún accidente, ni recibió golpes ni lo hundí en la bañera. Luego empezó a verse turbio y dejó de reconocer mi voz. Duerme a mi lado, sé bien qué le sucede y qué no. Ella apuntaba todo en un formulario como de enfermera. El uniforme profesional le atribuía cierta autoridad sanitaria. ¿Tiene seguro? ¿Es primera visita? Sí, respondí, hasta ahora por fortuna nunca requerimos de sus valiosos servicios. ¿Los síntomas?, falta de energía y desvariar, por este orden. Para mí que tiene un virus, uno de esos virus letales que se cogen. No creo, respondió, pero en todo caso lo examinará un especialista, espere aquí y suba a la sala cuando le llamen.

Ocupamos el rincón de las revistas donde aguardaban otros padres con hijo, novios con novia y novias con auriculares. Lo miré otra vez, simulaba seguir feliz, la batería a tope, enchufado al mundo y con su memoria intacta, pero yo sabía que no, que tanto empaque sólo era apariencia y tal. Que algo se había roto y que, si no lo diagnosticaban pronto, iba a perderlo. Estaba asustado. El especialista me pareció demasiado joven. Que se llamase Chimo en lugar de Doctor Joaquín no ayudó. Tras explicar a qué pruebas lo sometería permití que le quitase el revestimiento y dejara sus interioridades al desnudo. Solté la mano y se lo llevaron.

Se le ha despegado una membrana esencial, es grave, normal que lo encontrase raro, lo ingresamos ya en intensivos, fueron las conclusiones que escuché como sentencia a muerte. Le avisaremos en cuanto lo pueda recoger. ¿Me deja despedirme? No. Salí tambaleándome. Abandonado. Aislado. Un Robinsón en la multitud, un pijo fuera de cobertura, un muerto social. Desde que me falta he dejado de hablar con nadie y no leo lo que me escriben. He perdido mi brújula, mi reloj, mi cámara, mi despertador. En Facebook las caritas sonrientes me echan de menos. Fue más fácil dejar de fumar. Me devora la ansiedad. Imposible vivir sin él.

España se despierta de la larga resaca de una fiesta de la democracia más larga que la de Blas y yo angustiado, mirando con envidia lo que los demás miran alegres en su mano. Soy un adicto telefónico con síndrome de abstinencia y eso que apenas llevo dos días desconectado mientras me reparan el móvil. No soy nada sin mi móvil. Mi móvil, mi otro yo, mi mitad. Mi tesoro.