Las Provincias

MUGRE PERENNE

Hemos llegado a un punto tal que siempre permanece. Al menos, eso puede ocurrir en nuestras latitudes occidentales. Manzanas enteras se decoran a base de porquería, vertida a chorro, acumulada y sobrepuesta. Son manchurrones fijos, que surgen por las noches, y luego, de buena mañana, ya están ahí, madrugadores, repentinos, acumulados, imborrables. Nunca jamás, aquellas paredes volverán a ser fachada limpia, ni decoro de un edificio, ni muro intacto, ni honra de cuidadores esmerados. Que nadie diga que aquello es decoro moderno. Lo que allí se ha escrito, no proviene de un alfabeto nuevo y no puede calificarse como leyenda urbana. ¡Válganos el Partenón!

Las paredes pintarrajeadas, permanecerán así para siempre. Nadie limpia aquello. En distritos céntricos es posible que, quizás, acuda una pareja especialista, designada para aminorar el borrón en la frente y hacer que se disimulen los goterones chorreando por la fachada. Pero esas pintadas y esos mensajes, incomprensibles y superpuestos, no hacen más que proclamar la sumisión general de toda autoridad en ejercicio.

No existe quién acuda al desagravio de los muros profanados. Nadie aparecerá por allí, si no es a medianoche o de madrugada, y con la sola intención de sobreponer otro chorro, más ininteligible aún, encima del anterior. Y de sacrificar ¿para siempre? Los muros que fueron respetable resguardo de un asilo, de una institución meritoria o de un vecindario con derecho a tener limpio el rostro.

Los militantes del bote que chorrea pintura para desahogos murales, han ganado la partida. Y conquistarán espacios más amplios cada vez. Sin perspectivas de que aumente, por ninguna parte, el área libre. Ni mucho menos, de que se recupere la limpieza de ninguna de las paredes que ya sucumbieron, debajo de unos engranajes consentidos y bochornosos. Tal exhibición, que no suele aparecer acompañada por su autor, aunque puede suponerse, incluso, que si tal presencia llegara a materializarse, alcanzaríamos a verla -y a oírl- coronada por el aplauso de sus admiradores, con absoluta impunidad, para glorificar al artista. Y para ciscarse en el infeliz propietario de aquellos muros 'brochornosamente' asaltados.