Las Provincias

PURA VIDA

Maletones

Cuando de uvas a peras viajo en avión compruebo mi lado rústico de tipo simple porque jamás me embargan pensamientos de cierta altura tales como «ah, el hombre ha logrado dominar los cielos... oh, qué rápido el avión, y no como en la época de nuestros bisabuelos con la tartana...». Como mucho, entre el sopor y la angostura del pájaro de bajo coste, pienso: «¿Me perderán la maleta?». Y la angustia sólo se disipa cuando vomitan mi equipaje sobre la cintura transportadora. En realidad ni uso ni poseo maleta, sino una especie de petate marrón que me diferencia de la masa que arrastra maletones dotados de ruedecillas. Las maletas me producen cierta grima debido a una manía irracional, inexplicable. La maleta nos unifica, nos uniformiza y, en cierta medida, supone una prolongación de nuestro cerebro, de nuestro universo, de nuestra intimidad. Me repelen las maletas, vaya. Una maleta solitaria me provoca un ligero escalofrío, pero una montaña de maletas me causa una enorme repugnancia porque su contenido de naturalezas muertas se me antoja un cementerio de prendas abandonadas tras una hecatombe nuclear. En cualquier caso, cuando vimos esa montonera de maletas acumuladas en la sede del PSOE advertimos de inmediato la fumata blanca y abstencionista de su cónclave. Había prisa por ventilar la martingala y esas maletas esperando a sus dueños revelaban impaciencia y horario implacable de tren que te conduce hasta el hogar tras el mal trago. Las bolsas bajo los ojos de Javier Fernández crecieron esta última semana y Pepiño resucitó brioso. El resultado muestra la fractura de la familia sociata y, ya puestos, nos podríamos ahorrar la pamplina de votar «no» durante la primera ronda para luego abstenerse y permitir una gobernabilidad quebradiza. El algodón no engaña y la maleta tampoco.