Las Provincias

PURA VIDA

A SABER

A lo mejor me equivoco, pero suelo sospechar que la gran aceptación del fútbol se debe a su simpleza. Incluso los aficionados de gama media como yo opinamos con espesa hondura y singular pedantería tejiendo tácticas, urdiendo alineaciones, criticando a jugadores, árbitros, directivos y entrenadores. Todos encerramos en nuestro interior un seleccionador de primera categoría. Con estos atractivos mimbres, ¿cómo no nos va a resultar seductor el fútbol? Del mismo modo, y derrapando gracias a una de esas asociaciones de ideas algo descabelladas, los lectores, incluso los lectores que se zampan un best seller al año de chica del tren o de costurera que luego, qué cosas, es agente secreta, también proyectan sus fobias y sus filias en materia literaria, de ahí que todos nos pronunciemos con saña y pasión cuando los suecos del Nobel efectúan un ejercicio de verdadera merluzada al otorgarle el premio a un trovador. Sin embargo, y aquí quería yo llegar, cuando ese premio se lo conceden a un matemático, a un experto en física cuántica, a un neurólogo que disecciona cerebros de mono, nos callamos y una ola de admiración nos recorre el espinazo. Como en esas materias nuestra ignorancia brilla con el fulgor del atontado, damos por supuesto que nos encontramos ante un merecidísimo premio y que ese galardonado se dejó las pestañas en sus fundamentales estudios. Por otra parte, puesto que la comunidad científica, en general, no goza ni de páginas en la prensa ni de minutos televisivos, aunque el triunfo lo consiga un auténtico melón trepador, su melonada pasa desapercibida porque nosotros nunca nos enteraremos y tan sólo permanecemos pasmados ante esa faz de sabio gafotas y algo despistado. Pero desde lo de Dylan me pregunto cuántos premios chorras han dilapidado los señores de la academia sueca. A saber.