Las Provincias

ÁRBITROS

La primera polémica arbitral con cierta resonancia en la historia del Valencia fue protagonizada, curiosamente, por un árbitro valenciano y valencianista. A Ramón Leonarte Ribera, veterano introductor del fútbol en la ciudad, cofundador de nuestro Colegio de Árbitros, presidente del club y artífice de la compra y edificación de Mestalla (hecho que propició, indudablemente, el gran salto adelante en la vida de la entidad) le cupo, además, el dudoso honor de haber sido el primer eslabón en una cadena que se extiende a lo largo de un siglo y que desemboca en la muy desafortunada actuación de Alberto Undiano Mallenco el pasado sábado.

La hemeroteca de LAS PROVINCIAS, fuente inagotable de diversión para todo aquel que desee disfrutar con el relato diario de los últimos ciento cincuenta años de nuestra historia, permite reconstruir con precisión el hecho, que cotiza alto en nuestra particular versión del autoodio: en la primera visita del Barça al viejo Algirós, el 26 de febrero de 1922 (2-5), la parroquia valencianista no pudo contener la indignación al ver cómo los dos tantos que abrieron la goleada culé partieron de sendas infracciones, dos offsides (según la nomenclatura de la época) «declaradísimos». Poco importaba que el encuentro fuera amistoso y el árbitro, un prócer local. Torremarín, el enfadado cronista deportivo del diario, señaló a Leonarte, que portaba el pito aquel día, como el responsable de las acciones más desafortunadas del encuentro. Su juicio acerca de la actuación del colegiado sigue resultando, noventa y cuatro años después, demoledor: «Vencieron los catalanes con la ayuda de Leonarte por 5 a 2». A pesar de lo ocurrido, la situación no mejoró en la repetición del partido al día siguiente. El Barça volvió a golear al Valencia (2-6), Ricardo Zamora marcó un tanto de penalti (y malbarató otro) y el cronista vació el cargador de nuevo sobre el trencilla, al apuntar, enojado, que «los absurdos fallos del señor Leonarte» habían determinado la victoria visitante. Desde entonces la cuenta abierta, supongo que muy a su pesar, por don Ramón, se ha nutrido generosamente de errores arbitrales más o menos involuntarios que de una u otra manera han marcado la historia del club de Mestalla. La lectura de las crónicas de prensa y los libros de historia permite elaborar una larga lista de pésimas actuaciones contra el Valencia con protagonistas tan poco gratos para el aficionado veterano como Insausti, Fausto Martín, Martínez Íñiguez u Ortiz de Mendíbil (Real Madrid), Josechu Gojenuri, Zariquiegui y Calvo Córdoba (Atlético de Madrid), Pedro Escartín (Athletic de Bilbao), Saiz Elizondo (Barça) o Joaquim Campos y Sánchez Ríos (Zaragoza). Los últimos años no han sido una excepción a la regla y las nuevas generaciones de valencianistas han podido experimentar en carnes propias la misma sensación de frustración que vivieron sus mayores tras los pésimos arbitrajes, por ejemplo, de Pérez Pérez, Mejuto González, Pérez Lasa, Tristante Oliva, Jaime Latre, Florian Meyer, Damir Skomina y el reincidente Undiano.

El repaso a tan tenebroso conjunto de calamidades y el recuerdo de lo irremisiblemente perdido (puntos decisivos para conseguir títulos ligueros, finales coperas o eliminatorias de torneos continentales) alimenta periódicamente el desengaño del valencianista de a pie, que se siente, con razón, maltratado por el estamento arbitral y ninguneado por los dirigentes de la Liga y la Federación. Hace unos días, la noticia de que el Valencia encabeza la clasificación histórica de penaltis en contra no hizo sino validar los argumentos pacientemente recogidos a lo largo del último siglo y que tantas veces han sido tildados de victimistas por los que nos rodean. Somos un blanco demasiado fácil.

Lo que más me molesta de toda esta situación es la inacción del club. Me enfada que la institución Valencia Club de Fútbol aplauda sin reservas a Tebas y a Sánchez Arminio mientras la injusticia arbitral se ceba con el equipo y la nada arbitraria disposición de los partidos condena al equipo a jugar en horarios inverosímiles. Ante esos desprecios y esa mala fe perfectamente constatable no cabe una protesta realizada casi de tapadillo, que sabe a tímida caricia con guante de seda. No. Toca quejarse de verdad, sin reservas ni vergüenzas. Y dejar de hacer la rosca a quien no deja de apretar la soga alrededor de nuestro cuello.