Las Provincias

El peinado batasuno

La gran pregunta que cabe hacerse es, ¿qué fue primero, el huevo o la gallina?, es decir, si una es independentista y muy, muy, muy, pero que muy, muy radical, extremista hasta decir basta, si es de Batasuna, o de Bildu, que es como ahora se llama, o de la CUP, ¿tiene que llevar ese peinado-casco de la I guerra mundial en el que a simple vista da la impresión de no haber entrado el champú en los dos últimos años? O, por el contrario, ¿acaso es que por una extraña razón, por una conjunción astral que diría Leire Pajín, de factores indeterminados, todas las afortunadas que lucen semejante peinado a la moda acaban militando no se sabe por qué en las filas de Batasuna-Bildu o en la CUP? El procedimiento para obtener el ansiado corte es muy simple. Se coloca en la cabeza, boca abajo, la cacerola donde se ponen a hervir los espaguetis y se quita todo lo que sobra, chiqui-chac, en un minuto resuelto. Y luego no necesita ni laca, ni fijador, ni mechas, ni plancha, nada. Sirve lo mismo para ir a asaltar una conferencia en la universidad que para una boda, pero como no van a bodas porque eso es un acto burgués, retrógado, fascista y catolicarra, pues eso, pelo todoterreno. En todo caso, y sea primero el huevo o la gallina, estarán conmigo en que en este caso la estética tiene su importancia, más que nada por la barrera que crea con todos aquellos que no comulgan con esa llamémosle peculiar manera de entender y 'cuidar' el aspecto físico. Y es que es curioso el discurso que los que se declaran antisistema utilizan contra sus rivales, a los que engloban en una categoría, «la casta» (según el lenguaje de Donald Iglesias, ¿o es Pablo Trump?), que entre otras cuestiones se concretaría por su estilo a la hora de vestir. Los hombres de «la casta», según el relato que también asumen formaciones como Bildu o la CUP, suelen llevar traje de chaqueta con corbata, un vestuario que los distingue y, a su vez, marca distancias con el pueblo llano, que no hace uso de semejante prenda para trabajar en la fábrica, en el campo, en la mina... Porque, obvio es decirlo, el citado relato está trufado de referencias a un pasado que ya no existe, a una clase obrera que sencillamente ha desaparecido, a oficios y modos de vida que en pleno siglo XXI son residuales. Pero para construir la narración fantástica vienen bien estos retratos sencillos que no entran en detalles. Para contrarrestar, replicar y atacar formalmente a esa casta de privilegiados corruptos, los antisistema se visten a su manera, destierran la corbata, incluso la americana, y optan por una supuesta informalidad que no deja de ser un uniforme, como el que critican, pero en plan cutre. O para no lucir un pelo arreglado, se peinan (mejor dicho, se despeinan) todas igual, en serie, recién salidas de una factoría, luciendo idéntica imagen, el mismo corte, como en un Ejército. Su propia acción lleva adherida la contradicción de quien para denunciar algo hace justamente lo mismo.