Las Provincias

¿Para qué sirve un periódico?

Publicado en la edición impresa del 23 de octubre de 2016

Para qué sirve un periódico? Cada lector tiene una respuesta a una pregunta que se han hecho los periodistas en todas las épocas. Arthur Miller decía que un buen periódico es una nación hablándose a sí misma, que es como decir que un periódico es una ciudad o una región hablándose a sí misma. Un buen periódico -podemos aceptar- es ese donde Valencia se habla a sí misma.

¿Y para qué sirve un periódico hoy, en la era de internet, cuando todo está, supuestamente, a un golpe de clic? Internet es muchas cosas. Pero hace un tiempo creíamos que la Red iba a ser sobre todo el gran espacio de la conversación, del intercambio de ideas, del debate, de la discusión que persigue el entendimiento, la acumulación de puntos de vista, la inteligencia colaborativa. Creíamos que el futuro iba por ahí. Hubo gurús que hubieran apostado un brazo a esta predicción: la plataforma de una democracia más real y más extensa. De haberlo hecho, de haber apostado ese brazo, hoy nos cruzaríamos con muchos mancos por la calle. La Red es -cierto- muchas cosas distintas. Pero lo que no es, salvo honrosos rincones, es ese gran espacio de la conversación civilizada que nos anunciaron aquellos visionarios. No. De hecho se ha convertido, y no parece que pueda salvarse ya, en el gran espacio de la confrontación, del combate directo y la dialéctica más fiera. Una jaula de grillos en el mejor de los casos; una máquina de picar carne, si uno se levanta una mañana con mala suerte. Una telaraña de canales por donde los diferentes colectivos, lobbies, grupos de interés, iluminados o representantes de parte difunden sus intereses, idearios u obsesiones en forma de aluvión. Eso claro, no es periodismo, ni siquiera es comunicación. Llámenlo agitación, propaganda, activismo, persuasión de masas, contraprogramación o burda manipulación. La modernidad ha acabado por derivar a la Red el pozo negro donde desahoga sus tensiones; lo que no es particularmente negativo, porque no deja de ser un aliviadero social más o menos explícito y perimetrado. Tenemos justo ahí, en la Red, el escenario que sustituye a los antiguos templos, plazas, foros, barra de los bares o sótanos clandestinos donde antes se ponía en ebullición la discrepancia. Aquello no era periodismo y esto tampoco lo es. La ciudadanía empieza a tenerlo claro.

¿Para qué sirve entonces un periódico? En primer lugar para dotar el debate público de más razones que emociones; para discriminar las voces de los ecos, para fijar criterio frente al griterío imperante ahí fuera. Hace ya ochenta años George Orwell nos dio una respuesta luminosa y descarada: «si algo significa la libertad de prensa -dijo- es el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír». Hoy no es fácil decirle a la gente lo que no quiere oír. Ni siquiera con razones y criterio. No es fácil decírselo ni a los votantes, ni a los telespectadores, ni a los lectores, ni a los militantes, ni al consumidor. Ni siquiera a los hijos. En la distancia que media entre hacer un clic o no hacerlo, cambiamos radicalmente nuestra pauta de conducta. Pasamos de la crítica despiadada y ruidosa de internet contra todo lo ajeno a la renuncia mansa y absoluta a plantear la más mínima fricción en el corralito particular de cada uno. Ese derecho orwelliano de la libertad de prensa «a decir lo que no se quiere oír» está dirigido por supuesto al poder; sea político, económico, cultural, social o deportivo. Pero también va dirigido a tu propia gente, a tu público, a ti mismo, y ahí entramos en un terreno resbaladizo y delicado.

LAS PROVINCIAS, en los últimos años, ha debido decirle en diversas ocasiones a los nuestros, a parte de nuestros lectores, lo que no querían oír respecto al comportamiento de no pocos políticos que habían contado con su confianza en las urnas. No es fácil. Pero por eso mismo, ahora podemos ejercer nuestra discrepancia sobre temas esenciales del debate público: contra las modas en alza; sea el populismo; sea el nacionalismo o el localismo de luces cortas; sean las políticas efecticistas de las caravanas con reinas magas o los sueños de las repúblicas falsas; podemos decir sin complejos que tendremos el corredor mediterráneo o el brexit catalán, pero lo uno y lo otro son incompatibles; podemos situar a las familias como principales decisores en la educación de sus hijos; podemos reclamar una Valencia bilingüe sin imposiciones; podemos advertir de los peligros del «España nos roba» y de la trampa exculpatoria del «Madrid nos roba». Nos podemos equivocar, y de hecho nos equivocamos, pero nadie podrá decir que nuestros propósitos no son claros y conocidos.

Ahora que acabamos de iniciar el principio de nuestros próximos 150 años nos aferramos a lo de siempre, a nuestro manifiesto fundacional, a ese ideario que nos llevó a ser el referente del valencianismo moderado, reformista y de clases medias. Dicho de otra forma, la expresión de la forma propia y mediterránea de ejercer la españolidad. Ese es nuestro espacio y nuestra cosmovisión, y como tal la compartimos con amplias capas sociales valencianas.

Lo diremos también con lenguaje de periodistas: «queremos hacer sólo periodismo y nada menos que periodismo». No nos interesa y nos parece incluso perverso usurpar desde el periodismo el papel que no nos corresponde, el papel de otros órganos del sistema democrático. Pero procuraremos igualmente que desde otros estamentos no atropellen la función social del periodismo y su autonomía natural.

Creo que bajo este preámbulo uno puede moverse por ahí con la cabeza alta, y con la cabecera en alto, y con cierto sentido de la decencia profesional. Y, para terminar, ¿el futuro, qué? No el futuro indeterminado o más o menos lejano; no. ¿Mañana, pasado mañana, el mes que viene, qué? Queremos (1) seguir contando las cosas que pasan, contarlas bien y si fuera posible contarlas antes que los demás; en papel, en web, en móvil y en lo que venga. Queremos (2) explicarlas desde nuestro marco editorial, honestamente, para tanta gente que confía en nosotros. Queremos (3) acompañar a los valencianos en el fabuloso cambio social que nos trae la revolución tecnológica. Queremos (4) hacer nuestro trabajo mejor, con más calidad, crecer si es posible, aumentar el abanico de servicios para nuestros públicos y clientes. Queremos (5) ser rentables; porque la independencia de un medio empieza en la cuenta de resultados y acaba en el titular de la portada, y casi nunca al revés; la dependencia de la cuenta de resultados lleva a la dependencia del titular de la portada, porque altera tu papel de mediador; lo hipoteca. Y queremos (6) mantener la concentración, en el día a día, en cada tarde en la que ponemos en marcha el proceso de confección del diario, para no despistarnos de ese papel de ‘vigilante’ (de perro guardián dicen los americanos) con el que fueron ideados los grandes periódicos en el mundo. Lo que queremos, en definitiva, es ser útiles. Seguir siendo útiles a los valencianos.