Las Provincias

EL GRAN SALTO

Hace casi un año, el 31 de diciembre de 2015, mi amigo Javi me llevó a almorzar a Silla. Allí, en el bar Montecarlo, entré y descubrí que aquello era un templo del tentempié mañanero, de esa comida convertida en la favorita de los valencianos. Media docena de jubilados achispados pedía mistela, anís y no sé que más después de meterse entre pecho y espalda, y estamos hablando de las once de la mañana, un perol de 'all i pebre'. Nuestro humilde bocata era una broma al lado de aquel banquete.

Al acabar el almuerzo me ofreció que nos dejáramos caer por el Saladar, un remanso de paz convertido en club de tenis en plena Albufera. En una pista vimos a unos tenistas kenianos empuñando la raqueta. Hay más deportes que correr en el valle del Rift. Y en una esquina, al fondo, en el rincón más remoto del club, se escuchaba jadear a Dani Gimeno y Roberto Bautista.

Dos jóvenes ajenos al trajín de un 31 de diciembre, dos chicos que ignoraban la Nochevieja. El calendario del tenista profesional apenas contiene números en rojo. Su vida es viajar, entrenar y jugar. Una maleta ligera y vuelta a empezar. Me llamó la atención que Bautista no estaba solo con su entrenador. Allí había más gente, parte de un amplio equipo multicisciplinar que incluye preparador físico, psicólogo, nutricionista...

Esta pareja de deportistas de Castellón no se fue de almuerzo, ni andaba preocupada en qué ponerse esa noche. Ni había quedado para comprar comida y bebida. O mejor dicho, bebida y comida. Ellos sudaban en la pista. Corrían detrás de una bola peregrina. Sufrían. Por el esfuerzo y por una vida ajena al hedonismo.

A la mañana siguiente, mientras medio país combatía la resaca con la marcha Radetzky de fondo, se subieron a un avión y cruzaron el planeta de punta a punta. Empezaba una temporada preñada de esperanza. Roberto Bautista ya había dado un salto y 2016 tenía que ser su año.

Dieciséis días después de aquel entrenamiento en la Albufera, con lacónicas barcas cruzando el lago a sus espaldas, Bautista se proclamó campeón en Auckland. Han pasado casi diez meses y ya contempla el mundo del tenis desde muy cerca de la cumbre. Acaba de derrotar a Novak Djokovic -yo creo que nunca vi a nadie jugar como él- y ha trepado hasta el número 13 de la ATP.

Dani Gimeno lo conoce bien. No solo porque entrenen juntos a menudo sino porque siendo niños ya iban con la raqueta como locos por el CT Castellón. Para él la clave ha podido estar en el cambio de entrenador. Ahora le moldea Esteban Carril, un técnico gijonés de 39 años que tiene su prolongación en Valencia en la figura de Pepe Vendrell. Le dio la mano en las catacumbas del ranking y ya tienen el cénit a la vista. No es un milagro. Ni una casualidad. Carril ha hecho exactamente lo mismo con la británica Johanna Konta.

Pero para ser el mejor, o pretenderlo, no basta con repetir un golpe una y otra vez. El cuerpo, primordial, tiene que acompañar. Y Bautista confió en un preparador físico que programa a largo y corto plazo. Y como todo deportista de elite acabó entendiendo la importancia del entrenamiento silencioso. Dormir, comer, descansar. Un fisio recupera su musculatura, un nutricionista selecciona lo que ingiere y un psicólogo prepara su mente, tan importante como las piernas en un deporte individual con tantos momentos de incertidumbre, con tantas subidas y bajadas. Ya lo dice Dani Gimeno. «Es muy regular. No tiene un golpe definitivo, un saque que le solvente los problemas o una derecha demoledora, pero es muy bueno en la photo-finish, tiene la capacidad de ganar los puntos finales».

La siguiente vez que vi a Roberto Bautista fue en el aeropuerto de Manises. Estaba con su chica sentado en un restaurante, pero me sorprendió que no tuviera un Whopper o un Big Mac entre las manos. Muchísimos deportistas acaban en la franquicia de hamburguesas en cuanto encuentran una mínima excusa. Luego me enteré de que casi todo lo que consume es orgánico, que no prueba los lácteos y que se mete las verduras en vena.

Y en cuanto llega un número rojo del calendario desconecta. Le encanta cabalgar con sus caballos pero también es fácil verle en el Madrigal. De niño apuntaba a futura estrella del Villarreal pero la raqueta tiraba más.