Las Provincias

Detalles

La labor de un Ayuntamiento es tan extensa y complicada, tan plural, que obliga a tener mil ojos. Hay que atender a los barrios pero no se puede descuidar el centro. Es preciso estar pendiente de las grandes realizaciones, de las piezas clave de la estrategia urbana, pero no se pueden olvidar los pequeños detalles. Entre otra razones porque las infraestructuras terminan por ser el testigo mudo, la alfombra sobre la que se desarrolla la vida de los vecinos, y los detalles, por pequeños que sean, son un regalo para la vista, para la sensibilidad, de los que pasean la ciudad.

¿Quién se acuerda del nuevo cauce del Turia cada mañana? Lo que se recuerda con más frecuencia de Adolfo Rincón de Arellano son los detalles, las esculturas y recuerdos que fue sembrando gracias a Román Jiménez y Emilio Rieta: la estatua del Palleter en su rincón de las torres, el busto de Luis Vives todavía ausente pueden tener más fuerza evocadora que ese cemento que -cuidado, nadie lo descuide- es preciso trasegar.

Detalles, mil detalles. Los cementerios han de estar a punto para el día 30 y el jardín del monumento a Pinazo debe estar de revista como estaba el jueves, en el homenaje. Por eso, mientras se pelea por el «túnel pasante» hay que batallar también contra el vandalismo y restaurar el pequeño Neptuno del Parterre. Hay que reclamar que los transportes de Valencia tengan la misma consideración estatal que los de Barcelona y Madrid, pero hay que apuntarse también el éxito clamoroso -¡ya era hora!- de haber comprado esa ruinosa finca de la plaza del Doctor Collado, que se atrevía a salir en las fotos junto con la Lonja; una casita donde estuvo, por cierto, una de las imprentas y librerías más famosas de la ciudad, la de Mariana.

No, nadie recuerda los esfuerzos de López Rosat y Miguel Ramón Izquierdo por cubrir acequias y trazar alcantarillado. Ni los sudores de Pérez Casado y Clementina Ródenas con el Metro, la depuradora y otras infraestructuras invisibles. Sembrar esta ciudad de piscinas y bibliotecas, propiciar la Ciudad de las Ciencias, construir el palacio de Congresos, son tareas sin firma aunque se deban a Rita Barberá. El ciudadano pisa y transita, recorre y usa los grandes proyectos; pero serán los detalles menores los que harán agradable la vida. La rosaleda de Viveros, la compra del chalet de Ayora, las esculturas de Alfaro y Ramón de Soto, la limpieza y recuperación de las Torres de Serranos humanizan y amenizan la ciudad. Como ahora mismo la limpieza de la deteriorada fachada de los Jardines del Real, que -¡ya era hora!- acaba de abordar la corporación de Joan Ribó.

Detalles, pequeños asuntos, que el tiempo valora más que los proyectos que forman parte de la continuidad de la ciudad. Y es que una ausencia en el homenaje floral a Pinazo puede contar (y costar) más que un asunto de gran estrategia del que siempre podrá ocuparse un técnico.